#Editorial: De lo sublime a lo ridículo

En el inicio de su peregrinar número 161 a la ciudad de Barquisimeto, la imagen de la Divina Pastora ha derramado sus bendiciones al país entero, por ser mayoritariamente mariano, creyente, y, sobre todas las cosas, en razón de estar tan necesitado de abrazar la fe y aferrarse a la esperanza. Esperanza en la justicia celestial, y, al mismo tiempo, en nuestras propias fortalezas como sociedad.

Esta anhelada visita de cada 14 de enero se produce en el curso de una coyuntura particularmente delicada, no porque los males que azotan a la nación, sumida como está en este cólera devastador, hayan hecho su abominable irrupción en fecha reciente, sino, peor aún, porque se trata de una interminable maldición que cada día ahonda más y más su inmoralidad, y afi na su capacidad ilimitada para ejercer el mal y doblegar en nombre de una ambición, de una insaciable codicia, incapaz ya de mostrar algún signo de escrúpulo.

Por eso no podía ser más cínico el nuevo eslogan oficial: “¡Venezuela es indestructible!” Más que lema, suena a lamento, a confesión de ineptitud. Ciertamente, es tanto lo que se ha soportado, es tanta la calamidad esparcida, tanta la desolación expresada en carencias, en atraso, en valores trastornados; y, no obstante, la patria sigue allí, golpeada, manoseada, trémula, pero armada con la bíblica paciencia de Job, dispuesto ese pueblo tan sabio que suele reír de sus propios pesares y enjuga sus lágrimas en quedas promesas, a volver a darle cabida en su corazón, una y otra vez, a la consoladora semilla del anhelo compartido.

En nombre de los larenses, este diario, que acaba de salir de una de esas pruebas que enaltecen, proclama sentirse cabalmente interpretado por las palabras, dignas y apropiadas, del arzobispo de la ciudad, monseñor Antonio José López Castillo. En la tradición de monseñor Rafael Arias Blanco, en tiempos de Marcos Pérez Jiménez, y, en fecha más reciente, del cardenal Rosalio Castillo Lara, el pastor local de la Iglesia católica ha señalado lo que tantas bocas silenciadas, o temerosas, estarían ansiosas de gritar.

Recordó que el pueblo pasa hambre. No hay metáfora alguna en ese aserto, es literal. Y expuso algo que comprueban tanto la historia ya escrita como la que para nuestra desgracia se escribe ahora, aquí. Se trata de la miseria sembrada por “un socialismo marxista fracasado”. A renglón seguido, monseñor reveló sentir “un dolor muy grande”, y, en memorable añadidura argumental, dejó constancia de su probada solidaridad con este diario, ante el zarpazo infl igido: “El despotismo cerró a EL IMPULSO por diez días, pero llegó el papel. ¡Y EL IMPULSO sigue en medio de nosotros!”, tronaría irreductible la voz de monseñor López Castillo, en la emblemática plaza Macario Yépez.

Tampoco fue en vano nuestro testimonio, registrado en las últimas líneas del Editorial del 31 de diciembre, el de la forzosa despedida: “El 14 de enero esta página, ahora negra, habrá de recoger la luz y la infi nita bondad de la excelsa imagen de la Divina Pastora, en su nuevo peregrinar de redención. Es nuestra más indeclinable y devota voluntad. Es una promesa”.

Pero ni la Divina Pastora y su sublime presencia merecieron, por parte de un Gobierno irrespetuoso, sacrílego, cuando menos el gesto de guardarse para otro momento sus abusivas cadenas de radio y televisión. Algo que no hacen, por ejemplo, con los juegos de beisbol, no tuvieron ningún empacho en interrumpir la transmisión de una de las expresiones de fe mariana más multitudinarias en el mundo, con el pretexto de proyectar unos ridículos ejercicios militares “antiimperialistas”, de por medio la cantaleta de una inminente “ocupación extranjera”.

Será, entonces, el primer ejército en el mundo que le avisa a un hipotético enemigo, cómo es que se prepara para derrotarlo. La explicación cierta reside en que el propósito verdadero de esta propaganda bélica, aparatosa, fanfarrona, onerosa, no es otro que generar miedo, a lo interno. Y lo que al fi n de todo queda en franca evidencia es que detrás de esa muestra de fuerza, de ese supuesto poder de destrucción, hay un fl anco que luce ya maltrecho, demasiado débil. Es la capacidad de ese régimen para sostenerse con los votos, con el respaldo popular.

El país lo intuye. Eso es lo que secretamente sustenta su resistencia, su fe. Y es esa fe, mansa pero persistente, lo que hace “indestructible” a Venezuela.

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