FOTOS: #DivinaPastora2018 El día que los milagros bajan del cielo

Tema interesante dentro de la celebración de este catorce de enero, lo constituye el estudio del acompañamiento de la imagen por parte de la feligresía, hoy en día convertida en una multitud imponderable, que del poblado Santa Rosa la conduce hasta la Catedral. Es una de las congregaciones humanas más apetecidas por autoridades y elementos de la fauna criolla, para ver y dejarse ver.

En 1856 tuvo lugar en el sitio llamado Tierritas blancas, hoy en día plaza Macario Yépez, el encuentro de la Divina Pastora conducida por santarroseños y el Nazareno de la iglesia de la Concepción llevado por el presbítero José Macario Yépez, con el fin de contener una voraz epidemia de cólera que diezmaba la población.

Durante la homilía que prosiguió al encuentro, el sacerdote ofreció su vida con el fin que cesara la enfermedad. El padre Yépez moriría en junio de ese año, y de allí surgió la leyenda.

Su asistente y fiel amigo, José María Raldíriz, párroco suplente de la iglesia de la Concepción, se encargaría durante varios años de continuar la peregrinación, hasta su muerte acaecida en 1881.

De una y otra iglesia partían los devotos con las imágenes, que vinieron a hacerla usanza, atribuyéndole al padre Yépez la gracia de haber amainado la epidemia al ofrendar su vida. La beligerancia política que detentó en vida, en ocasiones dividió su denuedo y a la población.

En 1887, se crea la Sociedad de la Divina Pastora de Barquisimeto, una congregación seglar que se encargaría de promover lo que hoy es costumbre. Esta sociedad creó un cuerpo filarmónico para acompañar el recorrido con músicos y el fundador de la Orquesta Mavare, entre otros.

La Orquesta Mavare pasaría a institucionalizar el recibimiento; en ocasiones la Banda Marcial, llamada luego Banda del Estado haría lo propio. Por documentos que preserva la Sociedad se puede conocer que el conjunto de Pío Silva conduciría el recorrido a las parroquias.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX, el traslado de la imagen de la Divina Pastora era acompañado por un grupo de feligreses que no rebasaba las dos centenas. Por caminos de tierra como lo eran entonces y para evitar la polvareda que impregnaba y deterioraba la imagen, decidieron guarecerla en un cajón que destapaban en residencias ubicadas en la actual avenida 20: en la casa de la familia Casamayor ubicada en la esquina de la calle 16; en la mansión de los Álvarez Oropeza en la calle 10 y la casa de los Patrizzi en la 15.

Allí se congregaba la feligresía, mientras la cofradía esperaba la vistiesen; la adornaran con flores, como aún se acostumbra e iniciaban formalmente la procesión. En la esquina de Altagracia, contigua al templo, hacían reverencia y proseguían hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, primera iglesia de la ciudad y primera Catedral.

En 1925, el hermano lasallista Nectario María, publica el libro “Los milagros de la Divina Pastora”, donde reivindica al presbítero José Macario Yépez y construye el milagro, o mejor dicho, versiona el hecho al dejar una postura tácita y dar un matiz milagroso al término de la epidemia: cesó a cambio de la vida del padre Yépez, que en “último término, ofreció su vida por el cese de la mortandad”.

Así fue como amainó la pandemia. Esta versión fue la constructora del mito, de la leyenda y costumbre, hoy en día convertida en fiesta popular.

Por esos años un fotógrafo oriundo de Duaca, Amábilis Cordero, con aspiraciones de cineasta; luego de concluir un curso por correspondencia y digerir muy bien el cine que se exhibía en las salas locales, realizaría una película inspirada en el opúsculo del Hermano Nectario María, con igual denominación: “Los milagros de la Divina Pastora”.

La avant premiere tuvo lugar el 28 de julio de 1928 en el cine Bolívar. Se trataba de una matriz única de 400 pies de largo, filmada en 35 mm en B/N y casi media hora de duración. La exhibió en Duaca, Acarigua, San Felipe y Puerto Cabello.

Este filme cumplió un papel importante en la captación de devotos, que comenzaron a peregrinar a Barquisimeto en pos del milagro presenciado en el cine. Sin la película de Cordero, la cuesta de Santa Rosa habría conservado la estrechez por muy largo tiempo.

Al margen de la tradición de más de setenta años que para ese momento detentaba la peregrinación, el cine jugaría un papel fundamental en la vida cultural local: no sólo era un entretenimiento, también insuflaba posturas, modos y unificaba culturas. Gracias al cine se popularizaron las espuelas y fustas; sombreros de ala ancha, camisas a cuadros y persecuciones a caballo.

Hay elementos en la versión cinematográfica de Cordero de un purismo que se sobrepone a la visión simplista de la vida consagrada que yace en el libro del hermano Nectario: el cielo, el crepúsculo y el ocaso, presentes en la película, se asemejan al mostrado por el cine mejicano.

La muerte con una guadaña caminando sobre tejados de Barquisimeto, a la manera del cine alemán. Los telones de su presentación delatan lo chaplinesco. Estos influjos tan disímiles provenientes de México –como decir los Estados Unidos-, Alemania e Inglaterra, era lo que se proyectaban en los cines locales y terminarían por conformar la espiritualidad del barquisimetano. Sin los influjos del cine seríamos otros.

Desde finales del siglo XIX, la procesión había adquirido otros ribetes, puesto que era el pueblo barquisimetano quien se trasladaba a Santa Rosa para conducirla a su adoración en ésta. Flores, guirnaldas, promesas y joyas eran entregadas en señal de beatitud y agradecimiento.

A partir de 1950, el registro fotográfico de la procesión se hace presente debido a la consolidación del fotograbado en la prensa regional, cumpliendo ésta el papel de continuadora de lo que en su momento hizo el filme de Cordero.

La prensa como instrumento de masas, se ocuparía entonces de la muchedumbre que la sigue, junto al comercio: raspaderos, chicheros, vendedores de reliquias y escapularios, músicos e innovadores. La procesión compra todo lo que se le parezca a la adoración; dona y regala lo que no tiene.

El fotoperiodismo que nació en esa segunda década del siglo XX abordaría la multitud que acompañaba la procesión y registraría la muchedumbre desde muy diversos planos; con enfoques y recursos proporcionados por el desarrollo cultural: desde edificios, aviones, helicópteros y satélites. Con grandes angulares, teleobjetivos y macros.

Lograr semejante encuentro humano que gira entre un punto y otro, en cualquier época, resulta excepcional.

Hoy en día las autoridades aprovechan para insuflarse ante los fieles y otorgan a la concurrencia buena parte de lo inalcanzable: agua y cítricos. Los productos textiles como bandanas, franelas y cachuchas se ofrecen de manera prolija: todos tienen derecho a versionarla. La iglesia colecta en un día lo que los fieles tardarían años en confiarle. Se dilapida lo que en diciembre, ni en reyes tuvo lugar.

La procesión de la Divina Pastora es el encuentro social de mayor lucimiento de Barquisimeto; se muestra crudamente el tiempo que vivimos y la gente se engalana de una u otra manera, deportivamente hoy en día, para ver y dejarse ver.

A comienzos del siglo pasado lucía sus mejores vestimentas. Se pierden niños que usualmente reaparecen, se encuentran familiares lejanos u olvidados; amigos de siempre, y queda poco para el desdén. Por una vez en el año la virgen convierte las calles en su templo. Y tendemos a adorarnos, a querernos. He allí el milagro.

La aglomeración crece a la par de la demografía; de la profusión mediática y por la desventura, que confía a un milagro el cese de sus vicisitudes.

El catorce de enero termina uno y comienza el nuevo año en Barquisimeto, al hollar a su paso lo desconocido; al horadar encrucijadas en pos del cielo que buscamos impenitentes, al presumir el descampado de la epidemia.

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