Hablar de paz y democracia en época de violencia

Rosario Anzola |

Al asumir el tema educativo insisto permanentemente en un principio rector para los nuevos paradigmas pedagógicos que nos esperan: los valores, no se decretan, se viven, se internalizan y se conviven. La paz y la convivencia son dos valores fundamentales para preservar la dignidad de los seres humanos y la vida del planeta.

Ahora bien, ¿Cómo sembrar paz en épocas de violencia? Ese es precisamente el reto asumido por quienes trabajamos con perseverancia y convicción el tema de la paz activa y de la protesta pacífica.

El lenguaje y el tono que prevalece en el país están cargados de reproches, críticas, insultos y acusaciones. La conflictividad ha rebasado los límites. Rehuyo de los términos absolutos por aquello de que “no son todos los que están, ni están todos los que son”. Es solo una parte de líderes, comunicadores, opinadores de oficio, gurúes predestinados y gente del común, que mantienen posiciones radicales logrando -voluntaria o involuntariamente- enturbiar los enormes esfuerzos para salir de la peor crisis que ha vivido Venezuela en su historia republicana. Es posible que estemos además influenciados por un virus de globalización conflictiva que nos contagia de fundamentalismos excluyentes, más emocionales y viscerales que ideológicos.

Nuestros descendientes leerán con estupor los juicios, emocionales y viscerales, alimentados por la rabia, la frustración, la indignación y las estridencias. Esta subjetividad que conlleva a criticar sin actuar y a endilgar la responsabilidad a los demás, confunde la lucha política con violencia política. No hay duda de que el cultivo del odio y la confrontación durante casi dos décadas han dado sus frutos y por eso estamos enfermos de miedo, desesperanza, desconcierto e incertidumbre.

Hay escasez de comida, medicinas y sensatez. Y abundancia de corrupción, hampa y engaño. Hay escasez de verdades y abundancia de rumores. Hay mitos instantáneos que prometen salidas imposibles. En un proceso tan complejo no puede haber soluciones inmediatas. Lamentablemente las ofertas atienden a petitorios impacientes que apremian por desenlaces portátiles, lo que equivaldría a precipitarse al precipicio. Frente a la crisis de gobernabilidad, de la que nadie tiene duda, se hacen urgentes las propuestas creíbles y viables. ¿Alguien las tiene? ¿Dónde están?

Una buena parte de los dirigentes lucha por el poder más no por la justicia. Y eso lo han adivinado y sentido los “dirigidos” porque no se puede hablar de paz desde la irracionalidad y la mentira. Los emperadores están desnudos, estorban y serán desterrados como protagonistas de vallas, videos, pancartas y cadenas. La impaciencia ha resultado más peligrosa que la ira.

Sostengo que hay retomar la pedagogía de la democracia como eje transversal de formación ciudadana, docente, escolar y universitaria. Reitero que los medios y las redes tienen mucho que aportar para que se internalice y se asuma que la democracia es un camino perfectible. Entiendo el dolor de quienes padecen un país que se deshace (y lo comparto), pero no acepto las injustas acusaciones para quienes se han dedicado a buscar entendimientos entre adversarios políticos. ¿Cómo hacerles aceptar que la disonancia forma parte esencial de la armonía? Los interlocutores del diálogo, de bando y bando, han sido tildados de desleales, cobardes, traidores y colaboracionistas. Admiro el mérito y la paciencia con que siguen insistiendo. ¿Y saben por qué? Porque todavía hay líderes que creen en las doctrinas de justicia, paz y libertad.

Por eso sí creo en un futuro promisor. Contamos además con una juventud que brega por sus sueños a pesar de que una larga noche pugna por robarles la mañana. Creo también en los heroicos y anónimos ciudadanos que trabajan contra viento y marea, que dan la mano al prójimo, que velan por su familia, que no desmayan y que amasan su pan de cada día entre sombras, sudor y lágrimas. Creo en la concertación de un concierto sin batuta de látigo y en las verdades de la tolerancia que sana, restaura y reconstruye.

En un poema del libro Estado de sitio de Rubén Osorio Canales acabo de leer: Llamad a los poetas, / que traigan las palabras revividas,/ antes que todo se desvanezca.

Atiendo ese llamado. Como poeta tamizo lo indescriptible y lo inexplicable. La retórica se hace insuficiente para desentrañar tanto eufemismo. Retorno al poema. Quizá encuentre en sus entrañas la galaxia anhelada.

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