La democracia del siglo XXI

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Concluido y publicado mi libro sobre El Derecho a la democracia (Editorial Jurídica Venezolana, 2008), al apreciar los atropellos que a diario sufren los estándares básicos de esta forma de organización política de extracción ya milenaria, y convencido de que éstos, no sólo en Venezuela, sino en América Latina han de ser objeto de una severa reflexión con vistas a las nuevas realidades del mundo, escribí acerca de La democracia del siglo XXI (2009), en título por editarse. Inspirado en las consideraciones y la metodología del fallecido maestro italiano Norberto Bobbio, explico esta vez que los paradigmas de la más reciente Carta Democrática Interamericana (2001) son sometidos hoy a una dura prueba de supervivencia.
 
Invitado por la Universidad Católica Andrés Bello al inicio de sus actividades académicas y para dictar la lección magistral de apertura, hablé, justamente, sobre el tema. De nuevo vuelvo sobre el mismo en la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado, a propósito del diplomado que desarrolla en beneficio de los líderes sociales del estado Lara. Pero ha llegado a mis manos, en el curso de estos ejercicios -podría decirlo así- de laboratorio, un breve libro o ensayo extraordinario, escrito por el intelectual francés Jean-Marie Guéhenno, que habla sobre el El fin de la democracia (1995).
 
Lo cierto es que, impactado por sus observaciones y conclusiones - quizás inspiradas en las mismas obras de Alain Touraine y Pierre Rosanvallon que guían mis propios análisis, juzgo pertinente hacer de ellas una recensión breve. No pretendo validar mis criterios, de los que soy exclusivamente responsable, sino advertir que cuanto observo ocurre entre nosotros - en Venezuela - y en mundo occidental - es más complejo que la sola circunstancia de que nos gobiernen "traficantes de ilusiones", con ninguna estima por el bien inestimable de la libertad y de su ejercicio dentro de la misma democracia.
 
Guéhenno arguye que 1989, aparte de cerrar el tiempo histórico que se inicia en 1945 con el fin de la Segunda Gran Guerra, y del otro que arranca en 1917 con la instalación del comunismo en Rusia, le "pone fin a la era de los Estados - naciones"; mejor todavía, clausura aquello que "se institucionalizó gracias a 1789" con la Revolución Francesa.
 
Dice bien que la nación no tiene más definición que la histórica, "es el lugar de una historia común, de comunes desgracias y de comunes alegrías", pero es el lugar. Y lo cierto es que en la edad de las "relaciones" interindividuales y a ritmo de Black Berry que marcha creciente y vertiginosa, el lugar, el territorio, la proximidad espacial pierde importancia. El mundo se hace más abstracto e inmaterial, señala Guéhenno para luego ajustar que la nación "está amenazada como espacio natural y del control político", lo que es inevitable.
 
Su observación no deja ser pertinente, en medio de la cruda realidad que dice tener ante sí. Habla, por ende, de la "libanización" del mundo, pues las comunidades se convierten en fortalezas y prisiones, a un punto tal que las "líneas punteadas" que separan a los Estados surgen al interior de cada Estado, sin que por ello mengue la actividad relacional, incluso global, pero, eso sí, entre individuos semejantes por necesidades o afines en sus lazos primarios (étnicos, raciales, religiosos, urbanos, vecinales) y no entre diferentes aun siendo compatriotas e hijos de una misma patria de bandera.
 
Sobre la circunst
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