#Editorial: Terrorismo rutinario

Francisco Javier Vega |

Una Europa azotada por la recesión económica y el conflicto de los refugiados, acaba de ser sacudida, en la desprevenida Bélgica, en pleno corazón de la UE, por otros dos atentados terroristas, con saldo de 31 muertos y unos 300 heridos, actos que se atribuyera el Estado Islámico (ISIS) y fueron rechazados hasta por ETA, puesto que iban dirigidos a “simples ciudadanos”.

El Gobierno venezolano emitió un comunicado mediante el cual condenó los ataques. Es más, repudió “el terrorismo en todas sus expresiones” y exigió “prevenir las causas de este fenómeno que somete a pueblos enteros al miedo y la violencia”.

Pero no era necesario alargar mucho la mirada, ni cruzar océanos, en la intención de divisar el opresivo rastro de la muerte, aún en los días de esta Semana Santa, cuando sólo el trabajo y la productividad estuvieron de asueto en un país que el propio Gobierno declara en emergencia económica. La intolerancia y una delincuencia cada vez más insolente detonan a diario sus bombas aquí, entre nosotros. En este suelo se ha configurado, desde hace casi dos décadas, una operación orquestada desde el Estado, en un marco de absoluta impunidad, con la malévola intención de someter a la nación al miedo y a la violencia que el Gobierno venezolano condena, eso sí, en Bélgica.

Mientras el mundo miraba atónito los abominables sucesos de Bruselas y se registraba la “enérgica” condena del Gobierno venezolano, en Barquisimeto el Centro Penitenciario David Viloria seguía controlado por los reos, quienes mediante el secuestro de unas 18 personas, incluidos funcionarios, protestaban haber sido sometidos al hambre, hasta llegar a la atrocidad de proponer el trueque del cuerpo de un custodio tomado por rehén y al que habían dado muerte con la explosión de una granada, a cambio de pollo y yuca.

Aún fresco lo acontecido en Porlamar, el criminólogo Fermín Mármol García ha advertido que 70% de las cárceles venezolanas están bajo el dominio de pranes. En tanto, en Turmero, estado Aragua, una procesión del Nazareno era desbaratada tras un intenso tiroteo. En medio de otra procesión, esta vez en El Yagual de Cúa, en Miranda, dos hombres cayeron abatidos. En Ureña era asesinado un diputado del Consejo Legislativo del Táchira. En el barrio Los Sin Techo, de El Cementerio, en la capital, mataron y quemaron al supervisor jefe de la Policía de Caracas; a su hijo también le arrebataron la vida, cuando en su desespero intentó salvar a su padre. (Así, van 32 funcionarios de cuerpos de seguridad, asesinados en lo que va de año, sólo en Caracas). En El Cementerio, un pran apodado “El Lucifer” le puso precio, en dólares, a la cabeza de cada policía caído.

En La Victoria, Aragua, una poblada intentó linchar a un hombre que robó a una mujer. Los cadáveres de tres hombres fueron hallados descuartizados e incinerados en plena vía pública, en Barlovento. Fue cuando se conoció que cinco militares activos habían sido detenidos, luego de transportar un alijo de 350 kilos de cocaína en una avioneta Cessna, desde Barquisimeto hasta el aeropuerto de La Romana, en la República Dominicana. La desguarnecida emergencia de un hospital de Punto Fijo fue atracada, al propio tiempo que en El Valle, Mérida, los supuestos atropellos protagonizados por los guardaespaldas de unos sobrinos de Cilia Flores daban pie a una protesta espontánea que sería aplastada por un comando antimotines de la GNB, con el uso de armas de fuego. Al dueño de la pensión en que estaban alojados los molestos huéspedes lo acusaron de asociación para delinquir, instigación al odio y alteración del orden público, todo porque habría informado a los vecinos acerca del parentesco de los mimados revoltosos con la Primera Combatiente.

Encima de todo esto, los atentados de Bruselas nos recuerdan que la policía de Canadá descubrió el ingreso de una oleada de terroristas iraníes, sirios y libaneses, provistos de pasaportes venezolanos. También el caso del sirio apresado por Scotland Yard con una granada en el aeropuerto de Londres, en noviembre del año pasado. Su pasaporte fue expedido en Caracas.

Está bien, pues, repudiar el terrorismo en París, en Bruselas, en cualquier rincón del mundo. Pero, ¿qué pasa con la violencia y el miedo sembrados aquí? El terror no es una desgracia lejana, ajena. ¿No merece condena, acaso, este terrorismo rutinario con el que estamos condenados a convivir?

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