Notas Pastorales – XXII Domingo del Tiempo Ordinario: “Tradición religiosa”

¿Por qué los discípulos no observan la tradición, sino que comen con las manos impuras?. Pero Él les contestó: “Hipócritas, Isaías profetizó muy bien acerca de ustedes en la escritura. Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí… Dejan los mandamientos de Dios y se aferran a la tradición de los hombres” (Marcos 7, 5-8)

La tradición es una característica común a todas las sociedades, y prácticamente lo que mantiene su continuidad es la circunstancia de que va de generación en generación. Tradición viene del latín traditio, que significa transmisión. En este caso, las tradiciones religiosas se van transmitiendo a través del tiempo.

En la Biblia, además, las tradiciones religiosas están integradas en el conjunto de las tradiciones humanas; indiscutiblemente que el pueblo de Dios en su antigua ley, conserva y transmite un depósito sagrado. En este conjunto de valores, experiencias, enseñanzas de fe, se recogen los recuerdos de la historia, creencias, oraciones, ritos, sabiduría y leyes.

Ese conjunto de valores y enseñanzas es sagrado porque tiene un origen divino, por cuanto en la base de esa gran creencia hay una revelación transmitida por los enviados de Yahvé.

Esa tradición religiosa conlleva dos elementos en si misma. Por una parte, una dimensión de estabilidad, como lo permanente y una segunda dimensión de progresos.

Por cuanto la revelación misma es mejor comprendida, lo cual significa un desarrollo que además será aplicado a circunstancias diferentes, siguiendo la marcha de la historia, pero siendo siempre aquella misma revelación que no se somete a la relatividad.

Por supuesto que es la forma literaria, la que permite ante todo la transmisión y el uso, lo que le da sentido de tradición y aún cuando existen dimensiones comunes con otras culturas, la cultura del pueblo de Dios, tiene características propias, en el contenido de un enfoque general diferente.

Ahora bien, los contenidos de tradición se transmiten fundamentalmente por vía oral, bajo relatos religiosos, en las fiestas rituales; también a través de formas jurídicas, sentencias de los sabios del pueblo.

Pero esa tradición oral hace que nazcan textos escritos, en donde se ubica la Sagrada Escritura. Pero paralelamente a esta escritura permanece una tradición oral, que se vincula mucho, entre otros aspectos, en la relación maestro-discípulo.

Jesucristo manifiesta su autonomía frente a la tradición judía de la época. El insiste en que la Ley y los profetas no se deben abolir sino cumplirlos. Pero Él, se comporta como un maestro que enseña, no como los escribas, sino como alguien que tiene autoridad.

En la Iglesia, se comprueba la existencia de esa tradición, sobre todo en San Pablo, quien invita a los tesalonicenses, diciéndoles:

“Por tanto hermanos, manténganse firmes y guarden las enseñanzas que han recibido de nosotros, ya de palabra, ya por escrito” (Tesalonicenses 2,15).

El objetivo de la tradición apostólica, hace referencia tanto a los actos como a las palabras. Todo esto hace pensar que la materia de transmisión de esa tradición, antes y después de Pablo fueron sometidos a una técnica transmisora parecida a la de la tradición judía.

De tal manera que las colecciones evangélicas, consignan por escrito una tradición que ya existía, el estudio de la tradición de los Apóstoles, implica un cuidado muy especial a los géneros literarios en el Nuevo Testamento.

Cristo habla y actúa, dando una interpretación a las Antiguas Escritura “Saben que se dijo a los antiguos, no matarás y el que mate será reo de juicio, pero yo les digo el que se enoje con su hermano será reo de su juicio” (Mateo 5, 21-22).

Él los instruye acerca de los que debía enseñar en su nombre; Él les da ejemplo de lo que deben hacer (Juan 13,15). Y como la Tradición Apostólica debe conservar la impronta de Cristo, Él da autoridad a sus Apóstoles “El que los escucha, me escucha, el que los rechaza, me rechaza y rechaza aquel que me ha enviado (Lucas 10,46).

El depósito de la tradición apostólica no puede recibir elementos nuevos fuera de Cristo; en ese sentido la revelación está en la historia, que lo que hace es explicar las potencialidades contenidas en ese nuevo depósito apostólico.

La Tradición de la Iglesia se transmite en una sociedad estructural, pero que es el cuerpo Místico de Cristo, dirigido por su espíritu.

Entonces el criterio del depósito Apostólico como Revelación no está solo en la escritura, sino, que la revelación se da también en la tradición. Pues bien, esa tradición merece todo nuestro respeto y acatamiento, pero no se debe confundir esto con cualquier expresión cultural de esa época, o un capricho religioso, sin soporte de fe, ni vinculación con la escritura o la tradición apostólica. La tradición no es cualquier manifestación cultural. La “Tradición y la Escritura”, están estrechamente unidas y compenetradas, manan de la misma fuente, se unen en el mismo caudal, van hacia el mismo fin.

La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación (Constitución Dei Verbum 9).

Deben leer la Biblia, usarla más en las parroquias, en los grupos de apostolado seglar, en los hogares y también tomar en cuenta los dogmas de nuestra fe católica, contenidos en el credo. La revelación está en la tradición o dogmática de nuestra Iglesia.

Recordemos una vez más las advertencias de Cristo, a fin de valorar la verdadera tradición, de aquella que es falsa. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí… dejan los Mandamiento de Dios y se aferran a la tradición de los hombres (Marcos 7, 5-8).

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