“Bajarle dos” a la intensidad

Carolina Jaimes Branger |

Sí da mucha rabia. Sí es injusto. Sí es inconstitucional. Sí es marrullero. Sí es, sí es, sí es. Pero como “es”, hay que pensarlo con frialdad. Vuelvo a usar esa ilustrativa cita “no hagas promesas cuando estés feliz, no tomes decisiones cuando estés triste y no respondas cuando estés enojado”.

La asamblea constituyente –que no sé si se habrá instalado o no cuando escribo este artículo- no es el fin del país, ni de la lucha por la libertad y la democracia. Es sólo un gran escollo en el camino puesto por una gente que definitivamente, no sabe, ni quiere (porque a estas alturas ya ni puede), jugar limpio. En este peligroso juego que están jugando, les va la vida.

Los tiempos de los países son mucho más lentos que los tiempos de las personas. Y por eso hay que tener paciencia (sí, sé que cada vez es más difícil tenerla). Pero la paciencia es una gran virtud en esta situación.

Creo que debemos dar la lucha en todos los frentes y uno de los más importantes de esos frentes es el electoral. Muchos me dirán como me dijo mi querida amiga Thays Peñalver –y con toda la razón- que ir a un proceso electoral es reconocer a un gobierno que estamos calificando de ilegítimo. Pero el mundo lo entendería: es uno de los pocos escenarios que nos quedan. Entonces tiemblo cuando escucho decir “no voto más nunca con este CNE” porque es precisamente lo que necesita el gobierno: la abstención. Así piensan demostrarle al mundo que los 7 millones que firmamos el 16 de julio sólo existimos en el papel. ¿Les vamos a hacer el juego? Las elecciones regionales son –si es que son- en diciembre. No perdemos nada inscribiendo candidatos y más tarde tomaremos la decisión de si se va o no se va. Pero ante la situación que tenemos, no debemos perder opciones de maniobra. Sé cuán atractivo suena para tantos el discurso de desconocer, montar gobierno paralelo, incluso creer que los marines vendrán a poner orden en este desorden. ¿Y si no pasa nada de eso? Hay que cubrir todos los escenarios. Vamos a pensar fríamente qué nos conviene más. A veces resulta que lo más conveniente es lo que menos nos gusta. Con las comidas lo vemos a menudo: lo que más nos deleita es lo que nos hace daño. Así que analicemos desapasionadamente nuestras conveniencias. “Bajémosle dos” a la intensidad.

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