Del Guaire al Turbio – Un mundo en crisis

Alicia Álamo Bartolomé |

En mi artículo anterior, que debería haber salido el 27 de diciembre, pero salió el 23 porque este diario cerró sus páginas por más de una semana, hablé del vuelco que dio el mundo cuando terminó la II Guerra Mundial. Quiero volver sobre el tema porque de allí arrancan muchas cosas interesantes, para bien y para mal, que hemos conocido y experimentado aquellos a los que Dios ha querido darles una larga vida, como a mí, que en tres días me meto en los 92 años.
En primer lugar, las dos guerras mundiales del siglo XX son una sola, con una pausa de 23 años, pero cuando avance la historia, así las registrarán.
El siglo pasados fue de grandes conflictos bélicos, sólo en su primera mitad hubo estas dos grandes guerras, más la civil española y otras menores aquí y allá, la gran tragedia del holocausto, herida que no cicatriza en la historia de la humanidad. En su segunda mitad, el XX ha sido un siglo de tremendas tensiones por guerras como la del Vietnam, Corea, guerra fría y guerrillas por todas partes, en Colombia, con repercusiones sobre nuestro país y el narcotráfico como marco y alimento de todas estas calamidades, sombra constante que opaca cualquier luz de paz.
En segundo lugar, he aquí algunas de las huellas que dejó la II Guerra Mundial. El cigarrillo, antes de ésta y desde hace siglos se fumaba, había fumadores y sitios especiales para fumar en clubs, en casas de familias, nadie pensaba que hacía daño. Después de ver en el cine en noticieros como en films de ficción, tantos soldados nerviosos fumando en las trincheras un cigarrillo tras otro, vino como un contagio universal, se empezó a fumar en todas partes y a todas horas; fumaban hombres, mujeres y jóvenes, cajetilla tras cajetilla, el humo llenaba los espacios hasta que se descubrió que el cigarro es cancerígeno. Ahora fuma menos gente.
La bebida. El alcohol ayudaba a soportar las tensiones, las penas, todo ese trágico malestar en que el mundo había caído. En Venezuela, los años de la postguerra coincidieron con un auge económico, el cambio monetario nos favorecía, durante la dictadura de Pérez Jiménez, proliferaron las fiestas, el whisky escocés se impuso como bebida nacional y las casas se empezaron a construir con bares privados.
En el arte surgió algo muy interesante. Éste había de reflejar esta época de desquiciamiento. Las artes plásticas, la música y las artes escénicas contemporáneas rompieron todas las reglas, exaltaron la belleza de lo feo, lo grotesco, lo grosero y hasta asqueroso. Apareció el teatro del absurdo, el de Eugene Ionesco, por ejemplo, quizás lo mejor de esta revolución.
Las costumbres. Los valores morales y religiosos se dieron por obsoletos, se perdió el concepto del pecado y lógicamente vino un cambio radical de los costumbres: todo estaba permitido. El libertinaje imperó en la sociedad.
Aparentemente todo fue hacia lo negativo, pero no es cierto: la ciencia y la tecnología experimentaron un desarrollo extraordinario de apoyo bélico, al
venir la paz, éste se transformó en bienes para la sociedad. Tal los grandes avances de la medicina. Por otra parte, también hubo una respuesta positiva en lo espiritual: aparecieron nuevos movimientos apostólicos en un afán de salvar los valores morales y religiosos, como también de formación doctrinal para profundizar en la vida de la fe. Se reaccionó contra las discriminaciones que habían ocasionado tanto dolor y se empezaron a buscar seriamente caminos de acercamiento y solidaridad.
No todo es negativo en las crisis mundiales, éstas sirven al hombre, libre y emprendedor, de acicate e impulso para salir de la sombras y buscar la luz de la verdad. También Venezuela sacará provecho de esta hora oscura que vivimos hoy.

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