Editorial: Los escenarios

Tras ser dinamitada con la pólvora del fraude, la “salida” electoral en el país, las opciones parecieran encaminarse hacia los escenarios más duros, y hasta impensables.
Uno de ellos lo acaba de asomar, con su desenfado proverbial, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump: una eventual intervención militar. El otro es el de las sanciones económicas, no ya puntuales, es decir, contra personeros del régimen en cualquiera de sus tantos tentáculos, sino en perjuicio de la nación en su conjunto: la suspensión de la compra de petróleo, pongamos por caso.
Ambas alternativas traerían consecuencias nefastas. Una, la acción militar, porque, como ha ocurrido en otras latitudes, incluso tan cercanas como en Centroamérica, o tan lejanas como en Iraq, dejaría intactos y hasta exacerbaría los vicios que nos trajeron hasta acá. Abriría un peligroso margen para la aventura y la continuidad de los males que padecemos, en adelante con nuevos rostros y métodos.
Demás está decir, asimismo, lo que significaría perder, de repente, el considerable y seguro flujo de divisas que garantiza la exportación de crudo hacia el cliente del Norte, el único que nos paga de contado. Se estima que ese intercambio, el cual subió en los primeros meses de este año, representa 94,66% de los ingresos percibidos por Pdvsa en moneda extranjera.
Ahora, hay algo cierto. Las sanciones económicas, más allá del Mercedes Benz y las empresas que habría perdido algún rollizo constituyente en Miami, ya provocan sus pavorosos efectos, a consecuencia de la erosión que el Gobierno ha causado con sus políticas retrógradas al aparato productivo, y a la salud de la economía en general.
Si no es así, ¿cómo catalogar, entonces, el hecho de que hasta la empresa petrolera rusa Rosneft puso en cuarentena su crédito a esta República aliada de Vladimir Putin? Rosneft viene de realizar, en fecha tan próxima como la de abril de este año, un pago anticipado de 1.015 millones de dólares, un verdadero “salvavidas” para una revolución que se quedó, literalmente, sin gasolina, porque también los tanques de nuestros vehículos los llena el tan denigrado Imperio (un promedio de 92.000 barriles diarios, el año pasado).
Otro severo golpe al buen nombre del país: Credit Suisse acordó bloquear la operación con bonos y productos financieros emitidos por el Gobierno venezolano o agencias bajo su control, desde el mes de junio, mientras la entidad suiza procede a revisar todas las relaciones que tengan que ver con Venezuela, para asegurarse de que su reputación no corre riesgo.
De manera que las sanciones económicas, sociales y políticas, ya las estamos pagando y muy caro. Las pagamos en inflación. En familias empujadas a la mendicidad o a la delincuencia. Las pagamos en hospitales sin gasa, aeropuertos sin aviones, puertos sin barcos, farmacias sin medicinas y panaderías sin pan. En las colas que deben hacer hombres y mujeres de la tercera edad, a la intemperie, para cobrar una pensión de miseria, y encima atrasada y por partes. Las pagamos con la expulsión del Mercosur. Con la vergüenza de observar que el embajador en Perú, un almirante en jefe, fue echado con plazo de cinco días para largarse de allá.
Y tras el espejismo de la Constituyente (¿qué más poderes podrán subordinar?, ¿qué reforma legal o constitucional rescatará la gobernabilidad perdida?), al Gobierno no le queda más expediente que espolear la represión, la siembra del miedo que ni tanques ni gases lacrimógenos han logrado infundir.
Ya la sociedad venezolana hizo entrega de su sagrado sacrificio: 124 vidas, más de 3.000 presos, perseguidos o exiliados, en apenas cuatro meses, es un precio demasiado alto, irrecuperable. La nación, eso sí, volverá a levantarse de entre sus escombros y cenizas. Sin falta, la opción más legítima, la electoral, la hecha en casa, alternada con la presión de la comunidad internacional para una salida negociada, en paz, cobrará una vigencia inexcusable, impuesta por la fuerza perentoria de las circunstancias. Por encima de sus arrebatos y amagos, las palabras y gestos del poder están ya muy lejos de acusar la convicción y la confianza de otros tiempos.
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