Editorial: Cumbre

Desesperado por demostrar alguna influencia, o presencia, global, cuando su prestigio en el seno del país que gobierna rueda por los suelos, Nicolás Maduro acaba de perpetrar uno de sus postreros y más estrepitosos desatinos.

De espaldas, definitivamente, a una nación ávida de revocarlo, y teniendo como escenario una isla en la que aún resuenan los ecos del atronador cacerolazo que le asestó, en su cara, un pueblo lanzado a la calle, sin más estímulo que el de su indomable decepción, Maduro, quien luce como el reo de su propio poder, recibió de manos del presidente de Irán, Hasan Rohani, las riendas, por tres años, del Movimiento de Países No Alineados.

Como era de esperarse, llamó “histórico” tal acto. Al señor le parece trascendental, pues, guiar los destinos de un grupo que es ahora una verdadera entelequia, a falta de identidad, pues su nacimiento lo justificó hace más de 50 años una realidad que se desplomó junto con la caída del Muro de Berlín: la bipolaridad que encarnaran los Estados Unidos y la Unión Soviética en tiempos de la Guerra Fría (1953-1962) De manera que era, en esencia, un conjunto de países que habían acordado mantenerse neutrales frente a semejante conflicto geopolítico, e ideológico. ¿Queda, acaso, algún país “no alineado”?

Y, en homenaje a su calamitosa grandilocuencia, que suele entreverar con lapsus, procacidades de toda ralea, indiscreciones, chistes de pésimo gusto, patinazos e irreparables imprudencias como la de burlarse del hambre y de la miseria que la “dieta Maduro” pareciera resumir, y que él comparó con la Viagra, de una vez, allí en su euforia, ajeno a un pueblo al que se le niega hasta la vía pacífica de expresar su ira, el nuevo héroe de los “no alineados” prometió luchar hasta “refundar” y “democratizar” la ONU.

Algún tardío y milagroso atisbo de cordura les habría aconsejado no someter el descaro de ese chocante festín, al impudor de transmitir aquello en cadena de radio y televisión. De alguna forma entendieron que, forzosamente, sarao tan anacrónico tendría que ser reservado, confidencial. Por vez primera, alardes y fanfarrias no podrían trascender.

Es que cada segundo de cadena habría agravado la ofensa de dejar a los hospitales sin medicinas ni equipos, y a los anaqueles de los supermercados sin alimentos, para gastar, en cambio, 200 millones de dólares en la Cumbre (¿cuál “Cumbre”?), como si esta Venezuela, envuelta en harapos, estuviera para soportar tan monumental e insensato despilfarro.

Además, a una Venezuela ofendida, humillada, le habría resultado intragable oír de labios de su Presidente la propuesta de “democratizar” la ONU, cuando en la misma Margarita tiene preso a un periodista por grabar el cacerolazo. Cuando según el secretario general de la OEA, Luis Almagro, en un bien documentado informe habla, precisamente, de una “grave alteración del orden democrático”. Cuando no existe independencia de los poderes públicos y se aplasta con mil argucias, todas deleznables, la posibilidad de activar el referendo revocatorio.

Y, para colmo, Maduro habla de “cultura de la paz” y ofrece “democratizar” la ONU, flanqueado, además de Raúl Castro, por Robert Mugabe, el más sanguinario dictador vivo, considerado criminal de Estado. Lleva 35 años en el poder. Se ha hecho reelegir siete veces, a punta de fraudes y violencia contra sus opositores. Habría instigado una masacre étnica que entre los años 1980-87 dejó unas 20.000 pérdidas humanas. Él vive en la opulencia, mientras en Zimbabue unos 120.000 niños mueren de hambre cada año. Hace poco llamó “ratas” a los atletas de su país, por no haber alcanzado medallas en las Olimpíadas de Río.

Por todo eso, y más, esa fulana Cumbre apesta a foso. Es difícil escarbar más. Cuesta creer que se pueda llegar más bajo.

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