#Editorial Deterioro urbano

Sala de Redacción |
La mancheta de ayer, en EL IMPULSO, configuró un grito en los predios de la apatía.“¿Es que la ciudad se quedó sin autoridad ni dolientes?”, fue el reclamo formulado desde las páginas de este diario, con un llamado de atención, urgente y, quizá, angustioso.
Era a propósito de lo que está acaeciendo en el Valle del Turbio, franja tan sensible en su área de influencia (Barquisimeto, Cabudare y Yaritagua), que, además de ser desviada en forma por demás incomprensible, y arbitraria, de su secular vocación agrícola, es arrasada, destruida, a  la vista de todos y a pasos agigantados.
Es escandalosa esa imagen que recoge la febril acción de las máquinas extrayendo a diario toneladas de arena y granzón del lecho del río que los predominantes caquetíos llamaran Barquisimeto, dentro de los linderos de un Área Bajo Régimen de Administración Especial (ABRAE), lo cual supone, al menos en la letra, una propensión a la protección ecológica.
La finalidad de esa norma es evitar que la actividad económica (de los particulares, se entiende), genere un impacto negativo en el ambiente, mediante la preservación de los suelos; no obstante ocurre que la devastación del Valle del Turbio es patrocinada por una corporación adscrita a un ente oficial, el ministerio de Transporte Terrestre. Es, pues, la propia autoridad, el Estado venezolano, el que promueve ejemplo tan reprochable.
Sin vigilancia ni resguardo, la invasión y toda suerte de agresiones están allí a la orden del día, sin que ningún organismo se dé por enterado. El del ambiente, por ejemplo, ¿acaso no tiene nada qué decir? La abrupta sustitución de la caña de azúcar por un hipotético plan de cultivo de hortalizas y frutales, que jamás se concretó, sólo abrió un boquete de permisividad hacia el paulatino desarrollo de viviendas, como es el caso de las 30 casas en la finca Papelón, en abierta violación de los decretos de Ordenamiento y Reglamento de Usos, pese a que, como se recordará, uno de los alegatos que desde el Gobierno se esgrimía para intervenir el área, expropiar y sacar a los productores, era, precisamente, el de las intenciones atribuidas a ellos de urbanizar el área.
El Valle de Barquisimeto es aniquilado, con la misma saña interventora con que fue desmantelado Yacambú. La ciudad toda, sucia, bulliciosa y sin ley, acusa ahora una desvalorización galopante. La anarquía la vuelve más y más inhóspita, violenta. Impresiona el deterioro de los espacios públicos. Los servicios, el del transporte público entre los primeros, son una verdadera vergüenza. Cementerios abiertos, profanados. Calles y avenidas en penumbras. Las plazas, en el más avanzado estado de abandono, hasta han perdido sus bustos y estatuas, arrancados de sus bases por este desbarajuste de rapiña, por esta brutal incuria que preside el desgobierno.  
En tanto, la alcaldía de Iribarren, en manos de la usurpación, parece haber quedado agotada tras el acto con el cual inauguró su gestión socialista: unas ferias tan sin pena ni gloria como inoportunas (¿cómo enferiar una ciudad cuando según los delirantes partes oficiales estamos a las puertas de una invasión militar gringa?)
Todo esto, y más, describe lastimosamente a una urbe disminuida, sin autoridad ni dolientes. El muy calificado arquitecto Ángel García dijo en cierta ocasión que, tras años de estudio y experiencia personal, ha llegado a la conclusión de que el cuerpo social, como el humano, es saludable cuando están en equilibrio todas sus partes. “Cuando se quiebra esta armonía, la sociedad y el cuerpo se enferman. Éste cae en dolores, fiebres y padecimientos, aquélla en exclusión, odios y rencillas”. En ambos casos, plantea, es necesaria una terapia intensiva para recuperar la paz.
Sin duda alguna, la observación del urbanista retrata fielmente el caso del fatigado Barquisimeto de la hora actual.
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