Editorial: Sobre la fiscal y otras disyuntivas

El 30 de marzo, la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, marcó distancia, abruptamente, con el Gobierno nacional.

Quebraba así, una vieja y comprometedora relación con el “proceso” que ella ayudó a construir, fiel a su acendrado ideario izquierdista y, especialmente, a su devota identificación con la figura del finado comandante Hugo Chávez Frías. Esa fue una decantación natural, ideológica. Desde los años ’60, ella, como su esposo, el diputado larense Germán Ferrer, formó parte del movimiento PRV-FALN-Ruptura, y desde siempre orbitó ese insurrecto mundo.

Lo cierto es que el deslinde de Ortega Díaz con la revolución, en tiempos de Nicolás Maduro, se había consumado antes, en forma sorda. Era harto sabida, sobre todo dentro del oficialismo, su enconada discrepancia con Iris Varela, por el asunto de los pranes, que la ministra carcelaria protege con celo enfermizo. Además había cortado nexos con Cilia Flores, con Diosdado Cabello. Venía de condenar los brutales excesos de las OLP. En 2015 se resistió a firmar el acta del Consejo Moral que incluía la lista de postulados al TSJ. Eso le costó no asumir, como le correspondía, la presidencia de ese Consejo, en diciembre de 2016.

Pero al objetar las dos sentencias del TSJ, la 155 y 156, en razón de considerar que suponían una ruptura del hilo constitucional; y, posteriormente, la convocatoria de Maduro a una Asamblea Nacional Constituyente sin la participación del pueblo, depositario del poder constituyente originario, la fiscal se ha visto sometida tanto al despiadado fuego del sector oficial, que ahora la tacha de sufrir “insania mental”, como a las virulentas censuras y remilgos que surgen desde el seno de la propia oposición.

Sin reparar en que muchas veces se dejan llevar por el curso de insidiosas campañas fraguadas en laboratorios al servicio del Gobierno, los mismos que durante décadas enteras han encarecido a los jerarcas del oficialismo que abran, por fin, los ojos, y rectifiquen, que dejen de convalidar ilegalidades y apuntalar al régimen, no tardan en caerle encima al converso, reprochándole su actuación anterior.

Es verdad, está permitido dudar, previsión que se inspira, con justificada prudencia, en las sórdidas aventuras de ese fraudulento emblema personificado en Francisco Arias Cárdenas. Es verdad, algún día la fiscal deberá rendir cuentas por muchas de sus deplorables actuaciones y graves omisiones. Ni impunidad ni olvido. Eso contraría el espíritu de la justicia como principio que urge rescatar en la nación, cuando se restauren las libertades, la democracia, y el Estado de Derecho.

No obstante, las delicadas circunstancias históricas, y lo espinoso de los desenlaces por venir, demandan lucidez, capacidad para tratar estas cuestiones con una racionalidad y un sentido de estrategia más acabado, menos pasional. El país recuerda que en abril de 2002, Hugo Chávez salió del poder sin mayor alboroto, incluso Cuba lo había aceptado. Pero una desbocada ausencia de negociación política dio al traste con todo.

Más hace la jugada maestra que el arrebato. Incluso la emoción deberá ser encauzada, para que obre en función del propósito de todos, y no se frustre, otra vez, la esperanza tan cara y dolorosamente labrada. Es la angustia que brota al ver cómo desde la oposición se le antepone un obstinado pero a todo. No falta quien, arrellanado en su comodidad, se desvive en boicotear el esfuerzo de los demás. Si un líder pide calle, se le descalifica por radical. Si exige no abandonar los métodos pacíficos, es un cobarde. Si se convoca a una marcha, ya basta de sonar pitos y ondear banderas. Si no se llama a marchar, la MUD no sirve. Hasta se llegó a lanzar sombras de duda, en estos días, en torno a la pertinencia de la procesión de la Divina Pastora, fuera de su fecha tradicional.

Sin embargo, lo más triste es la indiferencia de tantos, que permite observar cómo apenas unos metros más allá de donde los estudiantes se juegan la vida frente al sañudo asalto de las bestias de la GNB, la otra parte del país se divierte y vive su vida loca, ajenos a esta tragedia que nos corta el aliento todos los días.

Esto no ayuda. Es más, cuando alguien afecto al régimen lo defiende a capa y espada, deberá entenderse que es lógico que así sea. Lo absurdo e intolerable se produce cuando aquellos que supuestamente desean un cambio no pestañean ante los acosos de esta maldición, y, sin molestarse en mover un solo dedo, estorban a los demás con su incurable murmuración o desdén.

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