Nos quieren silenciar

Las muestras de obstinación e insensibilidad del Gobierno no han
cedido un solo ápice, pese a nuestros constantes llamados de
alerta.

Lo hemos advertido en todos los tonos, en ocasiones en forma
dramática pero ajustados siempre a la verdad, como fue comprobado,
incluso, por despachos oficiales que respondieron con una
“inspección”.

EL IMPULSO ha sido expuesto a celebrar sus 110 años de fundado
con su existencia de papel a punto de agotarse. Las bobinas a nuestra
disposición apenas alcanzan para unas tres semanas, y eso gracias
a los malabares, onerosos sacrificios económicos, y lastimosos
recortes que nos hemos visto forzados a practicar en la paginación,
así como en las diferentes secciones.

En el curso de todo este enojoso proceso la premisa fundamental
que se trazara la empresa ha sido evitar dos riesgos inminentes,
los cuales, ciertamente, han estado allí, rondándonos. Uno, que la
calidad informativa sufra algún desmedro. El otro, que la crisis desemboque,
al fin, en una eventual interrupción en la circulación del
periódico.

Hemos cumplido, al pie de la letra, todos los requisitos contemplados
en la normativa legal, a los efectos de que, conforme a derecho,
jamás sobre la base de dádiva o privilegio, nos sean otorgadas las
divisas preferenciales imprescindibles para importar bobinas de papel
y otros insumos.

Sin embargo, la negativa oficial persiste, inalterable, hasta el día
de hoy, traducida en dilaciones vejatorias, excusas, silencios administrativos
y ruleteos encarnizados. No dicen no, a rajatabla, pero
tampoco sueltan las amarras de su despótica intransigencia.

Es, como lo hemos denunciado, y volvemos a hacerlo, un trato discriminatorio,
por tanto ilegal, relacionado, no cabe duda, con la línea
editorial de este diario, sencillamente independiente, no subordinado
a régimen alguno a lo largo de toda su centenaria existencia.

Nos someten a una de las tantas modalidades disponibles en el
catálogo, a la hora de aplicar mordaza. Pretenden silenciarnos. Y
aunque no se trate de una orden militar, es un acto propio de la
fuerza, puesto que, está bien claro, no deriva de la razón.

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