LAS VOCES DE PENÉLOPE – LO QUE SOMOS

Marisela Gonzalo |

¿De quién hablamos cuando hablamos de Venezuela? Cada uno tiene su rinconcito del alma donde se cruzan a la manera de la trama de un tapiz, olores, sabores, sensaciones, paisajes reales o imaginados, imágenes, sonidos, voces, arrullos, gritos… Mezcla grata o ingrata según la circunstancia, todos somos hechura de la vida que nos tocara, reafirmada o negada por nuestras propias búsquedas, silencios, alejamientos, disonancias, que en el caso del amor en cualquiera de sus expresiones, incluyendo la amistad, pueden quedar para siempre a la manera de un ruido que no cesa o por el contrario, en rio que fluye, a veces tempestuosamente en busca de los espacios en donde reine la armonía.

Venezuela es ahora rosa cuyo esplendor no oculta el dolor de la espina. Canto que se suspende en la afonía del asombro. Mirada que no siempre se asombra por lo bueno o por lo malo, sino por la capacidad de persistencia y recuperación que a todos nos alcanza. Algunos lo saben, otros lo ignoran, pero a todos nos llega. Incluso a quienes solo ven temporales y aguaceros que no escampan.

El país es también, el lugar donde nacimos o donde anclamos en ese espacio firme que es el geográfico o en el intangible de la cultura y modos de ser y de estar en la vida. Mirarlo de esta manera impide hacer de manera precisa y concisa, las famosas listas de “Las 20 razones para sentirse orgulloso de…” Si bien el país, somos todos, también somos lo que cada uno es a secas. Lo bueno y lo malo. Lo sublime y lo bastardo. Hasta en este renglón, hay bastardías nacionales y locales.

Mirado de esta manera, es más fácil advertir la enorme variedad de matices que nos conforman y que en lo local, bien podemos vernos desde lo que nos salva. No puedo hacerlo de otro modo si vivo en una región semiárida, de hermosísimos cielos azules cuyas nubes se desplazan por los azulísimos cielos, en diversas formas, azuzadas por los vientos que desde tres frentes, se mueven al desgaire en esta ciudad cuyos amaneceres y crepúsculos, pueden ser tomados como parte del inventario de las bellezas naturales.

Cinco parques nacionales: Yacambú, El Guache, Terepaima, Dinira y Cerro El Saroche muestran la variedad de ecosistemas. El Valle de Quíbor, la potencialidad agronómica y el del Turbio, la expoliación de sus recursos. De su devenir, ha dejado constancia visual el maestro Armando Villalón, al mostrarnos su belleza y desamparo. La escuela paisajista larense, con Rafael Monasterios y sus alumnos, legó bellas imágenes que aún persisten en ciertos rincones de la ciudad y pueblos. La modernidad se resume en la arquitectura de una Catedral que celebra la tradición de la Divina Pastora.

Hay legados intangibles que a la manera de afluentes se trasvasan y enriquecen de una generación a otra: Don Pío Alvarado, Pablo Canela, el maestro Carrillo, Juan Pablo Ceballos, Sixto Sarmiento, Juan Ramón Barrios, por nombrar algunos, navegan en temas, instrumentos y compases en la música de jóvenes músicos que hoy beben de su legado, entreverando armoniosamente la música popular y folklórica con la académica, de la cual siguen siendo Alirio Díaz y Riera, referentes inolvidables, para grupos como “Carota Ñema y Tajá”, cuyo director Adelis Freites es también un gran compositor y más recientemente, el “Grupo Santoral”, hoy convertido en líder de agrupaciones y movimientos afines, que crece musicalmente y organiza eventos mensuales a lo largo del año, como “Le voy a mi Tierra”, cuyo concierto final se dio el pasado domingo, en la compañía de Irene y Fausto, la magnífica propuesta de Onda Guara, Javier Sojo, Frank Tampoa, Manuel Rojas y Jesús Vasquez “Percucello”. Recuento que genera emoción y orgullo, por una herencia musical que nos compete a todos, aunque solo sea como espectadores.

¿De quién hablamos cuando hablamos de Venezuela?Dependerá del universo escogido. Hoy recordamos parte de lo mejor de lo que somos: Habitantes del país que construimos entre todos.

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios