#OPINIÓN Bolívar de carne y hueso (1)

Pedro Rodríguez Rojas | Foto: Archivo/Referencial |

Como bien lo plantea el historiador Carrera Damas, en Venezuela y podría decirse en buena parte de América, existe un culto sobre la figura de Bolívar, en la mayoría de los casos éste proceso no ha sido casual, sino claramente planificado por los gobiernos fundamentalmente desde Guzmán Blanco (quien dio inicio a este culto), llevándolo al Panteón nacional, creando las plazas con las estatuas de Bolívar, el signo monetario y lo más importante el estudio de una nueva historia nacional donde la figura de Bolívar y la guerra de independencia se hacen protagónicas.

Es imposible y no es ni remotamente la intención de este humilde escrito disminuir la valoración histórica del Libertador, sin la menor duda un genio, el estratega fundamental de la independencia latino americana y un hombre cuyo pensamiento humanista se adelantó en décadas y hasta siglos a su contexto. Sin embargo, no podemos negar que tenemos una historia desproporcionada en la que los 15.000 años en que se calcula nuestros primeros pobladores pasando por los 3 siglos de colonización Española y los casi ya 200 años de república independiente se disminuyen en su importancia con el tratamiento que le da la historiografía tradicional a los 10 años de guerra de independencia.

Tenemos una historia que da protagonismo al papel del caudillo, de los militares, de lo político y margina el papel que ha ocupado la mayoría de la población desde nuestros indígenas, los descendientes afroamericanos, y esas grandes mayorías hoy pobres, campesinos, que han sido excluidos no solamente de la estructura social y económica sino también del tratamiento que le dan las ciencias sociales y particularmente la historia. La mayoría del pueblo aparece en nuestra historiografía tradicional solo como relleno, como masa que acompaña a los grandes líderes, a las vanguardias a esos pocos iluminados que parecen tener el destino de la sociedad en sus manos. El pueblo se convierte solamente en volumen y no asume papel protagónico. Estas injusticias que enmascaran una mentira histórica tienen que ser develados.

De la figura de Bolívar se ha hecho casi una religión hay hogares que le prenden velas y le rezan como si fuera un santo, nada más alejado de la realidad estuvo la imagen de este hombre que como cualquier otro estuvo lleno de las pasiones, y de los errores que tienen todos los seres humanos.

El tratamiento contradictorio sobre la vida de Bolívar comienza desde la infancia. Muchos recordaran aquellos libritos o folletos que utilizamos en los primeros años de escolaridad donde nos pintaban un Bolívar que desde su infancia jugaba con una espadita de palo luchando contra los española por la independencia y soñando con la libertad y la igualdad. Que cosa más alejada de la simple lógica de un niño que nace en unas de las casas más rica de la Venezuela de la época, de un niño descendiente de los mantuanos o grandes cacaos, descendientes de quienes fueron en Venezuela primeros esclavistas. Como pedirle a un niño que nace en este contexto que esté pensando en libertad y en igualdad, que cosa más abstracta y alada por los cabellos. En otros escritos nuestros hemos pretendido demostrar que Bolívar no desarrolla un pensamiento igualitario sino como a consecuencia de la caída de la II República y que hasta ese momento su pensamiento era similar al de cualquier blanco criollo de la época cuyo objeto máximo era lograr una independencia relativa que no trastornara la estructura social desigual y cuya estabilidad dependía precisamente de la desigualdad social y fundamentalmente buscaban salir del dominio Español para poder tener del poder político que le faltaba.

Así mismo tienen el cinismo de hablarnos de una infancia feliz de Bolívar, un hombre que queda huérfano antes de los 9 años, que ve como sus familiares se pelean la tutoria para poder administrar sus bienes lo que lo llevó en más de una oportunidad a escaparse de la casa de los tutores. Un joven que a los 15 años viaja por primera vez a Europa, como solo lo podía hacer la elite, y se dedica a los placeres y a una vida algo desordenada como era normal desde el punto de vista sicológico para un joven son sus antecedentes familiares. Quien a los 17 años se enamora platónicamente y se casa por primera y única vez con una mujer, María Teresa del Toro, apenas lo acompaña 9 meses y con quien había soñado dedicarse a la vida del campo como lo hacían todos los de su clase social.

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