#OPINIÓN En el cielo musical

Alicia Álamo Bartolomé | Fotografía: Archivo |

Grandes hombres y mujeres ha dado el siglo XX para Venezuela, contribuyeron a construir la democracia, la industria petrolera, la erradicación de enfermedades, la investigación científica, la reivindicación de los derechos de la mujer, el voto universal, el arte y la cultura. A vuelo de pájaro cito nombres, como mínima muestra, en la imposibilidad de nombrarlos a todos: Betancourt, Caldera, Gumersindo Torres, Pérez Alfonzo, Arnoldo Gabaldón, Fernández Morán, Convit, Luis Alberto Machado, Ada Pérez Guevara, Irma De Sola, Úslar Pietri, Juan Liscano y tantos otros que hicieron camino de grandeza en nuestro país. Sin embargo, si alguien me pregunta quién creo que en estos últimos 100 años haya hecho para nuestro pueblo la obra más profunda, trascendental y útil, contestaría sin vacilar: José Antonio Abreu.

Lo conocí de cerca. Era miembro tanto del Consejo Directivo como del Ejecutivo de FUNDARTE, cuando yo presidía esta Fundación para el Arte y la Cultura del Distrito Federal (1979-1982). Ya había empezado su gigantesca y revolucionaria tarea de formar músicos, desde niños, con un método que rompía los rígidos moldes de la tradicional enseñanza musical: puso desde el inicio el instrumento musical en manos del aprendiz, sin esperar a esa previa, larga y fastidiosa formación -me atrevo a llamarla en seco- en teoría y solfeo. Se había inspirado en la tesis de otro gran venezolano -Luis Alberto Machado- más reconocido en el extranjero que en el país: El desarrollo de la inteligencia. Los músicos establecidos pusieron el grito en el cielo y los no músicos, eternos sabihondos críticos. “Dos locos sueltos”, proclamaron. Pero los gobiernos de la democracia tuvieron la visión correcta del futuro del proyecto, lo aprobaron y subsidiaron. ¡Y los indios pemones aprendieron a tocar el violín!

José Antonio Abreu se creó muchos enemigos, por supuesto, no sólo por su heterodoxia musical sino por su forma de trabajo, era, lo que llamamos en criollo, la tacamajaca de Ño Leandro. Privilegiado por la naturaleza, sólo necesitaba 4 horas de descanso nocturno, trasnochaba trabajando y madrugaba. A las 7 am a estaba haciendo antesala en despachos de ministros, gobernadores, empresarios y hasta en la Tesorería Nacional, apurando el aporte gubernamental decretado. Todos los días, mientras sus rivales y archienemigos, ni siquiera habían salido de las sábanas. Un gobernador no quería recibirlo y allí se estuvo. A las 9 pm el individuo preguntó a su secretario: “¿Queda alguien? “ “Sí, el Sr. Abreu que está desde las 9 de la mañana”. Tuvo que recibirlo y Abreu consiguió lo que quería.

A mi oficina llegaba poco antes de las reuniones y se colgaba al teléfono. En las juntas de la directiva parecía ausente de la discusión, callado, tecleaba sobre la mesa una pieza musical. No encontrábamos solución a un problema, entonces hablaba de último y, en pocas frases, nos la daba. Era economista, tenía una mente organizada.

Se fue José Antonio Abreu, pero nos dejó su ideal hecho realidad: a través de la música, elevar el nivel social, económico y cultural de los más marginados de la sociedad. Lo logró y seguirá logrando con su Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, que ha trascendido nuestras fronteras y en muchas partes del mundo contribuye al desarrollo de los pueblos.

Los últimos gobiernos espurios pretendieron apropiarse de su obra. El la defendió con decisiones muy criticadas, muchos se volvieron en su contra, desconociendo su inmenso valor de ciudadano. El artista y su obra no pueden prescindir del Estado mecenas. Desgraciadamente éste está hoy en manos indignas, pero el Estado está por encima del gobierno, éste es temporal, el Estado permanece.

José Antonio descansa ahora en la eternidad, pero no del todo: Dios le ha encargado dirigir una orquesta de ángeles.

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