#OPINIÓN De Jericó a Washington

Diego Lombardi | Foto: Archivo/Referencial |

“La historia es algo que muy pocas personas han estado haciendo mientras todos los demás estaban arando y cargando cubos de agua”, con esta frase provocadora el historiador israelí Yuval Noah Harari trata de explicar en su libro Sapiens: A Brief History of Humankind (2011) como lo que el llama la segunda gran revolución de la historia de la humanidad, ocurrida alrededor del año 10.000 A.C., permitió que unos pocos dominaran a la gran mayoría. De acuerdo al historiador con la Revolución Agrícola las estructuras sociales pasaron de pequeñas agrupaciones de cazadores, más o menos igualitarias, a estructuras más jerárquicas.

Esta apreciación es un preámbulo a lo que ha sido la realidad de la humanidad al menos durante los últimos 300 años, desenlace inevitable de estructuras que empezaron a tomar forma hace varios milenios atrás. La desigualdad no sólo existía, sino que desde entonces se ha incrementado, no sólo entre personas sino a nivel de naciones también. En 1820 la nación más rica (Gran Bretaña) tenía un nivel de ingreso promedio cinco veces superior al del promedio de los países más pobres, hoy Norteamérica es 25 veces más rica que el promedio de los países más pobres (The history of inequality Breaking the camel’s back, The Economist).

Datos sobre la desigualdad abundan, y es así porque la misma es real. El problema de fondo es el diagnóstico errada de sus causas, el cual en la modernidad ha estado signado por la estructura discursiva del marxismo centrada en el capitalismo. La realidad, es que la Revolución Industrial trajo mayor bienestar al mundo en general, hay suficientes evidencias acerca de cómo con ella la salud y la educación han mejorado en general entre muchas otras cosas, la gran diferencia es que el progreso ha sido más acelerado en algunos países que en otros, trayendo como consecuencia el incremento de la desigualdad. Pero es importante recordar que ésta ya existía, la industrialización la profundizó.

Quienes insisten en negar la modernidad y sus fundamentos económicos en aras de lograr un mundo más igualitario están orientando su razonamiento a las causas erradas, al menos así es si se toma como referencia lo señalado por Yuval Noah Harari según quien las estructuras verticales encuentran su origen miles de años atrás. La gran interrogante que habría que hacerse entonces es si conviene más pensar en revertir varios milenios de historia o intentar adaptarse a una estructura social que determina las reglas del juego. Esta interrogante es la misma a la que se enfrentan los organismos sobre adaptarse o no a su ecosistema, y ya se sabe lo que ocurre con aquellos que no lo hacen.

Unos 8.500 años A.C. en Jericó se conformó una de los primeros centros poblados que agrupaba a varios centenares de personas, convirtiéndolo en uno de los más grandes de la época cuna de las primeras sociedades verticales. Hoy Washington representa uno de los centros de Poder del mundo, y al igual que muchas otras grandes ciudades agrupa a millones de personas en torno a ella. Por milenios el ser humano se adaptó a este tipo de sociedad, cambiar esa realidad es ilusorio. Lo realista es lograr adaptarse a ese contexto como cualquier organismo vivo lo haría con su ecosistema y a partir de ahí aprovecharlo. Eso es lo que han hecho algunos países.

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