#OPINIÓN El fracaso de la globalización

Diego Lombardi | Foto: Archivo/Referencial |

Mayores controles en los aeropuertos, muros, Visas, e incluso recientemente se anunció un permiso especial que necesitarán los latinoamericanos para viajar a Europa.

Paradójicamente mientras la tecnología facilita las comunicaciones, y con ello los viajes, la humanidad fragmenta los espacios según prejuicios y temores. Así, se abren las puertas al que es parecido y se cierran al diferente, los países que comparten excepciones de Visas suelen ser aquellos que poseen características socioeconómicas similares, basta que un país enfrente problemas para que las barreras se levanten.

Hoy se habla de un mundo globalizado, frase que debe relativizarse según condiciones específicas. Nadie puede dudar que para un norteamericano o un europeo efectivamente el mundo está abierto, pueden viajar sin problemas más allá del riesgo personal que implique ir a ciertas regiones, la única limitante real es tener el dinero para hacerlo. Pero, ¿puede decir lo mismo un latinoamericano? Y, específicamente ¿pueden hoy los venezolanos decir que viven en un mundo globalizado? La respuesta en el mejor de los casos sería que se vive en un mundo parcialmente globalizado.

Hoy les ha tocado a los venezolanos ver como el mundo se va cerrando, desde las dificultades económicas para salir de un país subsidiado al “mundo real”, las carencias en las comunicaciones, las trabas burocráticas, y la desconfianza de los demás países convertidas en barreras, la globalización hoy está más lejos. Claro que todavía se puede acceder a noticias mundiales o música, ver las vidas de otros en fotos sin importar el rincón en el que se encuentren, y aprovechar otras “ventajas de la globalización”. Pero estos son apenas retazos de lo que realmente debería ser la globalización.

Las razones por las que la globalización pasó de ser una quimera (y gran campaña de Mercadeo) a una realidad pragmática basada más en facilitar el tránsito mundial del dinero que otra cosa, se debe sin duda a razones válidas, como por ejemplo el temor a los actos terroristas o a que poblaciones marginales se instalen en los territorios nacionales. Es así que al final cada nación ha tomado de la globalización lo que les conviene para luego seguir encerrados en sus fronteras, abriéndose al mundo de manera controlada.

La literatura y el cine se han encargado de proyectar muchos posibles futuros, desde utopías como la descrita por H. G. Wells en Men Like Gods (1923) hasta distopías famosas como la de George Orwell en 1984 (publicada en 1949). Estos futuros son todos posibles, y muchos otros que quizás la mente humana no ha logrado imaginar, pero lo que parecer cierto por la experiencia de las últimas décadas en torno a la llamada globalización es que la idea de una humanidad viviendo en armonía no luce cercana, sino que por el contrario la fragmentación del mundo sigue estando presente.

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