Inolvidable e irrepetible fue el concierto que ofreció el pasado jueves, el tenor español Plácido Domingo en el campo de fútbol de la Universidad Simón Bolívar, quien luego de 18 años de haber cantado en el país, regresó para lucirse junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño, la soprano Virginia Tola y la batuta del maestro Eugene Kohn.
Un escenario algo atípico lo esperaba, un público bien abrigado se acomodaba ansioso para escucharlo, mientras mariposas nocturnas se paseaban sobre el escenario que recibiría en unos segundos a unas de las leyendas vivas más imponente del canto lírico, todo un erudito de su voz, que en instantes embelesaría a todos con sus cualidades vocales.
A las 9:00 pm. comenzó a sonar la Orquesta con La Mancha Húngara(Héctor Berlioz), diez minutos más tarde entraría al proscenio, todo vestido de negro, el hombre de cabellera plateada, Plácido Domingo, quien inició su repertorio con El Cid; en segundos tendría a todos postrados a sus pies, al ser testigos de un talento sin comparación, de un personaje eminente de la música, que aunque tiene más de medio ciclo cantando, sigue conservando una vos imponente.
Se retiró para darle paso a la soprano argentina Virginia Tola, quien llegó vestida de azul, como una diosa, para dejar a todos atónitos con sus cualidades vocales. De este modo se desarrollaría el concierto, uno se despedía y el otro entraba, y en momentos se encontraban los dos como cómplices para cautivar a los asistentes, no sólo con el canto, sino con el romance actoral que interpretaban para así hacer más suyas las canciones.
Como fue el caso del Dúo de las Cerezas, de la ópera L'Amico Fritz, de Mascagni, donde mientras ella cantando le coqueteaba con una flor, y él apasionado, le respondía con su bella voz. Un concierto que no necesitaba de ningún artificio para dejar al público sin palabras, y hasta sin reacción, ya que el estado de catarsis en el que se encontraban los tenía como anonadados y no les permitía expresar sus aplausos de forma efusiva, sino de forma muy mesurada.
Temas como El País de las Sonrisas, La Viuda Alegre, My Fair Lady, La boda de Luis Alonso y parte de la zarzuela La Taberna del Puerto, con la que anunciaría el fin de su repertorio, fueron letras que tomaron vida en la impresionantes voces de estos dos intérpretes del canto lírico.
Aplausos para Abreu
Agasajado con flores y ovacionado por el público el tenor español ofreció las primeras palabras de la noche: “Son tan cariñosos, parece que no se quieren ir, pero no oigo nada”, a lo que respondieron al unísono un rotundo no, “me dejan beber un vasito de agua y verán como seguimos”. Cantó El Gato Montés, El Día me quieras y una versión de Bésame Mucho, pidiéndole a los presentes que cantarán con él.
Ya casi para finalizar, y sin hacerse rogar más, cantó una de la letras más esperadas de la noche Granada, donde su pasión y el sentimiento que le imprime a cada una de sus canciones quedó a flor de piel entre los presentes, más de uno se sentía en el Royal Opera House de Londres o en el Teatro de La Scala de Milán, aunque al volver a la realidad despertaban en el sitio menos indicado para un concierto de esta magnitud.
Antes de interpretar el último tema, acotó que estaba seguro que sí se sabían esa canción, y cantó parte del Alma Llanera. Con el público de pie los aplausos seguían sin parar, en minutos invitó al escenario al maestro José Antonio Abreu, quien estaba en el recinto: “Ver la vida musical que le ha dado Abreu a más de 300 mil músicos no tiene comparación, él es único, dedicado a regalarle cultura y música a los niños, es un privilegio; y además, los hace feliz. Él me lo dijo hace años, ahora me emociona ver los frutos que ha dado”.
A lo que respondió el maestro Abreu: “Es un honor la presencia de Plácido Domingo con ellos aquí, ahora dirija la orquesta”; el tenor, emocionado, tomó la batuta y siguió las órdenes del maestro venezolano, y cumpliendo parte de sus sueños, que es dirigir la Orquesta Simón Bolívar, guió en esta oportunidad a los jóvenes de la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño en el cuarto movimiento de la Sinfonía N°5 de Tchaikovsky. Una interpretación magistral donde Plácido se entregó por completo, y donde el talento nacional creció de forma descomunal.