Esteban Castillo: Barquisimeto es multicolor

Así como los servicios públicos, el arte siempre será necesario, reflexionó el artista plástico Esteban Castillo, a propósito del Desayuno Foro efectuado ayer en EL IMPULSO.

El barquisimetano, además de confesarnos su amor por los crepúsculos, nos habló acerca de su infancia, anécdotas y anhelos, destacando que habla de París todos los días. Ante la ineludible pregunta sobre su mentor, el artífice de lo geométrico aseguró en reiteradas ocasiones que no podía ser otro que José Requena. “No hay padre sin hijo, para mí, lo fue Requena”.

Castillo, delgado, lució camisa de cuadros. La boina es parte de su identidad. Precavido, nos visitó, sombrilla en mano. Ya acomodado, nos entregó su historia, repleta de detalles que recuerda con exactitud. El trotamundos nació en Barquisimeto el 26 de diciembre de 1941. Sin complejos, disertó sobre fechas y épocas.

“Nací entre artesanos… mi papá, natural de Ospino, trabajaba el cuero, hacía carteras y correas. Mi mamá, barquisimetana, era tejedora”, dijo el egresado de la Escuela de Artes Plásticas Martín Tovar y Tovar. Hoy día, una de sus labores es cuidar a su mamá, quien tiene 95 años de edad. Castillo tiene un hermano por parte de padre. Se casó dos veces, tiene tres hijos y dos nietas.
Su infancia transcurrió en la carrera 24 entre calles 41 y 42. De niño, dibujaba todo el tiempo. “Mi mamá confeccionaba las capelladas (puntas-remiendos) de las alpargatas; yo observaba mucho las combinaciones de colores que hacía en el telar”.

Aseguró que fue mal estudiante. “Primero el arte, luego la escuela… prácticamente fue así. Comencé a dibujar antes de aprenderme el abecedario, pintaba las historietas de los suplementos… duré como tres años en primer grado”, bromeó el exalumno de la Escuela La Milagrosa.

El creador del mural Geometría y Color para Barquisimeto, amigo de los artistas Jesús Armando Villalón, José Luis Aldana, Carlos Cruz Diez y César Andrade, a quienes dijo, guarda especial cariño, comentó que a los 9 años hacía “sorpresas” (enrollados de caramelos), para vendérselas a otros niños de la cuadra. “Mi mamá me ayudaba y mi papá salía a venderlas a Quíbor, Chabasquén, El Tocuyo. También hacía portarretratos”.

La escuela de artes

Un día, contó Castillo, la esposa de Hugo Daza le preguntó a mi mamá qué iba a hacer yo. Ella le dijo que sólo quería dibujar. Fue así, por sugerencia de la esposa de Daza, que llegué a la Escuela de Artes, ubicada en la carrera 15 con 60. Tenía 14 años y estudiaba cuarto grado. “Comencé a trabajar con José Requena, director para ese entonces; él me enseñó el ABC de la pintura…conocí a otros pintores: Michelena, Cristóbal Rojas, Reverón, entre otros”.

En la escuela, prosiguió, me enamoré de la Venus de Milo, la dibujaba todo el tiempo. Más tarde, en el 68, cuando la escuela pasó a la carrera 18 con 24, la atmósfera del centro de la ciudad, el Teatro Juares, el Ballet Taormina Guevara, enriqueció mucho más el espíritu de Castillo. “Ese cambio me sirvió para hojear revistas, descubrí los pintores impresionistas”. Al tiempo, el también serigrafista, abandonó la escuela para hacerse comerciante. “Vendía cucharitas Santa Teresita, medias y manteles… Requena me buscó y dijo que debía regresar a la escuela, por lo menos como portero.

Eso fue una ventaja, ya que siempre he sido muy conversador. Persona que llegaba, la entrevistaba. Un día, Requena me dijo, ahora dejarás de ser portero y te convertirás en profesor”. A los 26 años Esteban Castillo recibió una beca de parte del Instituto de Cultura de Bellas Artes para estudiar en París, donde pasó de lo figurativo a lo geométrico, influenciado por los impresionistas.
Fotos: Ángel Zambrano

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