Del Guaire al Turbio – Libertad del corazón

A un gran amigo escritor, a un gran poeta, ambos detenidos ante el muro.
Conozco personas muy valiosas, con una gran inquietud espiritual, un ansia de infinito, pero que no pueden encauzar estos anhelos por la vía normal y segura: han levantado un muro de prejuicios ante la religión, sobre todo la católica, que les correspondería practicar. ¿Son culpables de ceguera, de negarse psíquicamente a la verdad? Tal vez un poco, pero lo somos más algunos católicos practicantes: hemos aportado bastantes piedras para construir ese muro.

Somos responsables de dar una visión errada de nuestra religión. Somos deformadores de su esencia con rigorismos absurdos, falta de profundidad doctrinal y , sobre todo, por aferrarnos a reglas por encima de la caridad. El cristianismo no es un chorro de preceptos sino un océano de amor. Si mostráramos más la caridad que el apego a la norma, tocaríamos los corazones, derretiríamos las resistencias tradicionales de los no creyentes.

Por supuesto que tiene que haber preceptos, pero no son tantos y menos en sentido negativo, sino más bien ayuda para ir ascendiendo en la vida espiritual y llegar a la plena libertad del Amor.

El rechazo a la religión casi siempre comienza por un anticlericalismo que más tarde puede terminar en ateísmo. No siempre, los mal llamados librepensadores que conozco no rechazan a Dios sino a las religiones. Claro, una persona verdaderamente inteligente es muy difícil que sea atea. El ateísmo tiene más de infantilismo inculto que de auténtica negación de la divinidad.

Un paréntesis para explicar lo que algunos se estarán preguntado: ¿por qué escribo yo “los mal llamados librepensadores”? Porque los verdaderos librepensadores son los que alcanzan la libertad en Dios, que es esencia y presencia de la libertad. Al entregarnos a él libremente, él se nos da totalmente y nos anegamos en su libertad con gozo indescriptible. Como dice magistralmente Teresa de Jesús en la segunda estrofa de su poema “Vivo sin vivir en mí”: Esta divina prisión, / del amor en que yo vivo, / ha hecho a Dios mi cautivo, / y libre mi corazón; / y causa en mí tal pasión / ver a Dios mi prisionero, / que muero porque no muero. Los mal llamados librepensadores son prisioneros de sus propios juicios y posiciones a ultranza, no son libres para pensar.

El anticlericalismo casi siempre tiene su origen en malas experiencias con clérigos en edades tempranas. Dejan marca y se tiende a generalizar en lugar de individualizar. Las personas no logran la reacción correcta: culpan a una institución por el error de uno de sus miembros. Es como si nos indispusiéramos con nuestra país por el mal gobierno que lo representa y responsabilizáramos al Estado por la indignidad de quienes en un momento de sus historia tienen la autoridad. Pero no es así: nos sentimos más patriotas mientras más herida y maltratada está la patria en manos de sus malos gobernantes.

¿Por qué hacemos lo contrario con la Santa Iglesia Católica y Apostólica, madre y patria de nuestras almas? Porque somos esclavos de prejuicios y apariencias, no hemos alcanzado la libertad plena del corazón.

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