Las cenizas no son un amuleto

Marlyn Silva | Edickson Durán |

Cuando el sacerdote desliza los dedos en forma de cruz sobre la frente de los creyentes  durante  la  eucaristía del miércoles de ceniza  no  solo  está marcando  un símbolo del  inicio de la Cuaresma. Mediante esta señal quien la recibe en primer lugar se reconoce pecador, definió el párroco de la  iglesia de Santa Rosa, Rafael Chávez, ayer durante la homilía.

Una porción  considerable de quienes asisten a la misa del miércoles después del Carnaval, día que marca el inicio de 40 días  preparación espiritual para el día de la resurrección de Jesucristo, tienen una idea  errada sobre  la colocación de las cenizas en forma de cruz en la frente, expuso el  sacerdote.  Algunos, mencionó,  lo hacen por costumbre o porque están convencidos de que las cenizas  equivalen a  una protección del “mal de ojo”  o contra la brujería.

Lo  que  en realidad  significa, subrayó el rector del santuario de Santa Rosa, es  que quien  recibe la ceniza acepta sus faltas  y  muestra disposición de  rectificación.  Por eso, los creyentes tienen una invitación a no  tener  miedo de  admitir el pecado  ante los demás. “La iglesia es un lugar de los santos y también de los que quieren convertirse”, precisó. Razón esta para asumir  el llamado a la conversión. “Todo lo que  hay afuera (malo) es resultado del  pecado”, atribuyó  Tirado. Al pecado no se le ve de forma tangible, pero existe y está en cada cual evitarlo  y reivindicarse cuando se comete.

En la reflexión de las lecturas del día, el sacerdote recordó  que  la  Cuaresma es  un periodo de “retiro” espiritual. Es, prosiguió, una oportunidad de “volver a Dios”,  es decir, “recuperar  la amistad que Dios nos ha ofrecido”.

Para hacerlo, recomendó, es requisito la autoevaluación: “Es  necesario preguntarnos ¿Qué  hemos hecho para romper la comunión  con Dios”. Una de esas fallas es el pecado, una falta reversible “porque Dios no se cansa de perdonar”.

Existen  también  otros recursos, como reza en las sagradas  escrituras, en el camino de la rectificación: La limosna, la oración y el ayuno. La primera,  abundó, significa apertura a las necesidades del prójimo. La segunda, es  la  vía  para tener  “un diálogo  especial con Dios”, el cual solo es posible  cuando se reserva tiempo para  este encuentro individual con el Padre. La tercera es  prueba del desprendimiento de lo material  y, al mismo  tiempo, es un recordatorio: “Así  como el cuerpo da señales de querer alimentarse el alma también tiene  necesidad del alimento de Dios”.

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