#OPINIÓN Del Guaire al turbio #17Oct

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

Trascendencia

Viven pegados a la tierra, en un mundo extra-chato, ignoran la tercera dimensión, no pueden entender el vuelo de las aves porque no conciben el espacio sobre ellos. Así viven muchos hombres en una ceguera culpable porque no quieren salir, levantarse, de su extra-chatedad. Para ellos la vida es una carga inútil, un soportar problemas, calamidades y dolores, por eso hay que llenar lo momentos de felicidad barata, ramplona, aquella que da la complacencia de los instintos, la que entra por los sentidos y llena de placer efímero.

Cualquiera diría que hablo de gente de baja condición intelectual y social, de seres desechados de la vida y hasta comprenderíamos un poco su pobre condición, pero no, desgraciadamente me refiero a poetas, escritores, pensadores, filósofos, científicos, magnates, artistas, que llenan de melancolía pn. Los aluden, los ensalzan,iconsteza lo que tocaninstintos, lo que entra por los sentidos y llena de placer eferenne sus obras y sus acciones. Empapan de tristeza lo que tocan y hasta triunfan en el mundo con su arte de llanto y desilusión. Los aplauden, los ensalzan, pero muchos terminan suicidándose.

Es el vacío. Almas que hasta ignoran su existencia, centradas en su ego. No se dan a nadie porque se resisten a la sublime entrega del amor, que es renuncia al yo para convertirse en el tú; como dice sugestivamente el verbo complacer: darse con placer. Complacer al otro absteniéndose de los propios gustos, posponiéndolos y hasta olvidándolos, porque el amor es centrífugo, se derrama en el otro, se expande, construye puentes y enlaces. El egoísmo es centrípeto, acumula hacia adentro y se pudre en sí mismo. El yo es ese vacío, sólo es plenitud cuando se vierte en el tú.

En las trágicas vicisitudes del planeta y de nuestro propio país, cuando todo se desmorona y parece perdido, si queremos salvarnos de la hecatombe, tenemos que encarar la acción de llenar el vacío. Para los creyentes en Dios, sean de la religión que sea, aunque no la practiquen, hay una esperanza: buscar sus raíces, nutrirse de los valores y principios olvidados para ir robusteciendo esa flácida musculatura espiritual. Salir de la soledad espiritual para buscar la verdad. El ímpetu de lucha para rescatar lo que se pierde, sale de la fe renovada, que es alegre y optimista.

Y para aquellos materialistas, ateos o agnósticos, ¿no hay salida? ¡Claro que sí! Quizás sea más ardua encontrarla, pero no imposible. Busquen su sentido de pertenencia a algo, a esa materia que se transforma y de la cual vienen. Si ven la muerte como ir a la nada, eso no quiere decir que no reconozcan la importancia de pertenecer a la especie humana. No son sólo un punto en esa materia pensante distinta del animal irracional e instintivo; son un eslabón en la cadena de la historia, están enlazados a uno que los precede y a otro que los sigue, su misión es corregir los errores del anterior, robustecer los aciertos y trasmitirlos al siguiente. ¿No hay en esta conducta un sentido de trascendencia?

Para los creyentes la trascendencia es buscar el mundo del espíritu, crecer hacia lo alto con fe y esperanza en una vida feliz más allá de la muerte. Para los cristianos es especialmente sencillo vivir ésta en nuestra  existencia temporal, que nos hace felices aquí y hora, como preludio de la felicidad eterna. Nos basta seguir la vía que nos indicó Jesucristo cuando nos dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

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