#OPINIÓN Entre perros y bueyes #8Nov

Antonio A. Herrera-Vaillant | Ilustración: Victoria Peña |

El nuevo embajador de Colombia en Washington, Francisco Santos, acaba de cometer una gran injusticia alegando que se necesita un nuevo liderazgo en la oposición venezolana.

En nuestro movimiento democrático sobran voceros con abundante valor, arrojo, constancia y otras virtudes; pero el mensaje con que enfrentan a la dictadura es uno de democracia, transparencia, tolerancia, libertades y otros valores abstractos que poco convencen a una masa inmediatista y desesperada.

En Venezuela enfrentamos un núcleo de fuerza bruta que no se alterará con gestos cívicos, elecciones, leyes o fallos jurídicos inejecutables; sino contraponiéndole una fuerza mayor – y eso lo entiende intuitivamente y por larga tradición hasta el más básico de los ciudadanos de a pie.

La comunidad internacional ha aclarado hasta el cansancio que no intervendrá directamente en Venezuela; y solo los ilusos aferrados a una especie de realismo mágico se empeñan en buscar una salida “Deus ex machina”, soñando con soluciones que simplemente no sucederán, como que aparezcan los Marines a sacarnos las castañas del fuego.

Así llegamos a un impasse, donde tanto la comunidad internacional como la dictadura han optado por generar un aún más intenso sufrimiento de la población venezolana: Los primeros apostando a la rebelión, y los segundos a la sumisión.

Un colapso total podrá coadyuvar a la caída de la dictadura, o atornillarla, porque los grandes cambios de la historia jamás parten de las masas sino de las fuerzas vivas que mueven a las naciones.

Se nos ha dicho hasta la saciedad que nadie va a hacer algo por nosotros que no seamos capaces de iniciar aquí mismo. El detonante para cambiar la situación venezolana debe venir desde adentro, con cualquier combinación de factores que organice una fuerza mayor, quiebre la hegemonía de la minúscula oligarquía imperante y restablezca un equilibrio político.

La gran mayoría democrática tiene que encontrar la manera de dejar de ser como un perro que le ladra, pero realmente no muerde, a la tiranía. Ya pasó la hora de la denuncia indignada y moralista. Hay que apartar el histrionismo, los gestos simbólicos, las especulaciones y las ilusiones – y ejecutar acciones prácticas y eficaces, fríamente calculadas, sin hacerle ascos a cualquier opción efectiva.

La dramática emergencia que enfrenta la nación exige iniciativas pragmáticas, serias, creíbles y decisivas, conjugando factores de poder real que en Venezuela son harto conocidos – y con esos bueyes habrá que arar. Las elecciones, leyes o juicios vendrán luego, todos a su debido tiempo.

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