#OPINIÓN Por la puerta del sol (22): El síndrome de Hübris #2Mar

Amanda Niño de Victoria | Diseño: Jéssica Oshiro |

Informo a mis lectores que el título de “Desde aquí…” seguirá formando parte de todos los temas de esta columna (de manera implícita) con títulos diferentes,  siguiendo la línea enumerativa arriba señalada.

Hübris es esa palabra  cuyo fuego flamea  y todo quema en la pléyade de los sentimientos ególatras del hombre político, del militar o directivo de empresa. Éstos sujetos se creen poderosos, invencibles, insustituibles.

Hübris, peligroso trastorno paranoico, megalomanía  que se instaura en el alma de estos seres quienes terminan en la enajenación de no sentir misericordia por nadie. No se  encuentra en ellos vestigio de humanidad que hayan tenido en algún momento de su vida.  Basta verlos y escucharlos para darse cuenta que este tipo de hombres están poseídos por el narcisismo, el ansia desmedida de poder y de riqueza,  carecen totalmente de humildad y sentido común, piensan  que son  estupendos, omnipotentes, los más aptos, los mejores, les gusta que los aplaudan, celebren sus bufonadas y hasta sus vulgaridades, groserías y mentiras. En la parte política se evidencia su insoportable arrogancia frente a los más humildes; no  hay nada que los detenga en la encarnizada batalla que libran por quedarse para siempre con el poder,  se enceguecen a tal punto dentro del concepto de “Su perfección personal” que terminan definitivamente  ubicados fuera de la realidad. Este síndrome de grandeza no solo termina con los que están bajo su mando, su locura los lleva a padecer enfermedades tan peligrosas como su endiosamiento. Sus egos recrecidos los lleva a enfermarse y poner fin  a su propia vida.

La enfermedad de Hübris afectó tanto al emperador Calígula que se presentaba ante el pueblo como si fuera un dios, no conoció los buenos modales, la compasión ni el respeto, solo sabía mandar y que lo obedecieran ciegamente,  ordenó que le hicieran una estatua y la adoraran como si fuera un dios. Gran colaborador de Lenin fue José Stalin quien en un principio criticaba férreamente el culto que exigía como jefe nacional, pero cuando le tocó estar en su lugar, aprovechándose del poder que tenía, convirtió en obligación el culto hacia su persona, lo mismo hicieron Idí Amín Dadá, Mao y Hitler entre otros. Quienes se negaran  a rendirles culto los condenaban a muerte. Estos seres cargados de arrogancia y odio cometieron las peores carnicerías humanas, al querer engullirse por completo el poder, perdiendo su total capacidad de raciocinio.

A la hora del apoyo y rendimiento de cuentas todos sabemos donde se asientan sus vanaglorias,  ambiciones y cuáles son sus obras. Esta es la razón por lo que Bolívar insistía en que antes de ocupar un puesto público, era necesario primero asistir a una escuela de moral. Las obras de un gobernante se miden no por lo que dicen o prometen, se miden por el volumen concreto de sus obras.

La sociedad es culpable de que líderes, políticos y religiosos se crean lo máximo cuando al recibirlos en sus comunidades les rinden pleitesía y culto, valores que riñen con los principios de humildad e igualdad. Los costos del despotismo han sido aterradores,  desploman brutalmente las economías, naciones enteras se han venido abajo, se llenan las cárceles y también los cementerios.

Si leemos a “Macbeth” de Shakespeare, encontraremos al hombre que lo va perdiendo todo: respeto, tranquilidad, amigos, apoyo, fe y la humanidad misma. Ajustó tanto a su altivez el poder, evidenciándose pronto en sus actitudes la triste realidad de su gran  inhumanidad.

Amanda Niño de Victoria

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