#OPINIÓN Buena nueva: Equipo ganador #10Mar

Isabel V. de Tenreiro | Foto: Archivo IMP |

 La lucha espiritual no se ve a simple vista, pero es real.  La guerra implacable entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios) son más fuertes que nunca.  Y el Demonio, mentiroso de oficio, hace creer que va a ganar esta lucha.La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual. 

¿Cuáles son nuestras armas?  El ayuno, la limosna y la oración.  Estos ejercicios nos ayudan a desprendernos de lo que nos impide ganar el combate espiritual.

Jesús tuvo su combate espiritual cuando después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13).

¡Qué osadía pretender tentar al mismo Dios! Osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad: ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!  Allí en el desierto, Jesucristo hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección.  Y esa derrota será plena y terminante el día de su venida gloriosa, cuando regrese a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies.

El Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión con tres tentaciones:  una de poder, otra de gloria y triunfo, y otra de bienestar material.  El bicho sigue con el mismo guión:  es lo mismo que nos ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el equipo perdedor.

Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre.  Es una tentación de poder, pero también de ceder a los sentidos para consentir el cuerpo.  Tentación también muy presente en nuestros días:  no hay que sufrir, si con poder se puede aliviar cualquier cosa.

La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira:  “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”. ¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que si se le rinden y lo adoran a él, en vez de a Dios, él les dará lo que le pidan!

La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria. Y en ésta sí se pasó de osado:  tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios.  Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo en el aire.  Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así:  ¡Jesús reducido a super-man!

Sabemos por la Biblia -y por experiencia- que nosotros no vamos a estar libres de tentaciones.  La santidad no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones.  Y contamos con toda la ayuda necesaria de parte de Dios para estar en el bando ganador, para ganar las batallas espirituales y la batalla final.

Isabel Vidal de Tenreiro

www.homilia.org

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