#OPINIÓN Desde aquí (24): Preludio, avance y final, eso somos #16Mar

Amanda Niño de Victoria | Ilustración: Victoria Peña |

Por aquí y por allá gastada por los años, la memoria sigue en su eterno acumular de palabras inventando, pensando, haciendo historias y cuentos, tratamos de medir distancias al tiempo, de descifrar las runas que guardan las piedras antiguas, los umbrales de la humanidad, los monumentos, las tumbas y cuevas. La vida pasa, la mente se acaba y también los años del hombre que no cesará nunca en la búsqueda del elíxir de la eterna juventud, búsqueda que solo terminará cuando las fuerzas lo abandonen y se le haya acabado el tiempo para encontrar lo que nunca alcanzó.

Cuando se viaja se aprende más, se aprecia más la existencia y bendiciones que no vemos ni valoramos estancados en la asfixiante rutina y ajetreos diarios.

Cuando se va lejos sin compañeros de viaje, se pueden hacer muchas cosas, se puede empezar a escribir una narración heterogénea y variada con palabras y rasgos descifrables, de las cosas vistas, de la gente, de las culturas y de los paisajes que se van quedando en la lejanía… Para un buen observador cada momento de la vida y cada hecho es un poema. La vida poco a poco nos va enseñando que caminando solo, se aprende mejor y se es más libre, se despoja uno de las rastrilladas jergas académicas, de las antipáticas normas y vacías compañías. Uno aprende de lo que ve y oye de aquí y de allá, llegando a la conclusión de que es el fondo y lo que guarda en él cada ser humano lo que cuenta y le da valía y no su fachada que cae tan fácil como cae el maquillaje cuando se lava la cara.

Así vivimos y así somos íntimos y externos, unas veces pasamos momentos felices inolvidables, otras nos sentimos dañados por neurosis, depresiones, obsesiones y dudas que atosigan el ánimo. En este territorio perecedero de esperanzas, de quebrantos, de tiranías y de grietas, mundo tan convulso y turbulento, es difícil mantenerse equilibrado, donde pareciera que la agonía del hombre y sus sufrimientos hubieran sido impuestos por el destino como irremediable condena.

Vivimos momentos supremos de oscuridad, de cicatrices que se abren y sangran, de estupores, de miedos y de sueños. Porque esos somos aún en medio de las borrascas, un sueño, una especie de poema andante que va dejando sus huellas marcadas sobre el camino, huellas que tal vez nunca nadie vea, una vez nos hayamos introducido en la eterna noche del silencio. Pensares y vivencias  que a un lado del camino quedarán como leña verde, hasta que alguien en algún momento decida hacer  una hoguera para quemarla  y luego recoger las cenizas, arrojarlas al viento y no quede de nosotros ni siquiera el recuerdo.

Uno aprende mucho de las batallas de tiempo atrás, aprende de las propias y también de los héroes, incluso aprende que ante las adversas circunstancias, es un deber dar la pelea a quien nos maltrata, convertidos en una llamarada de furia…

La vida sin un propósito, sin sueños, sin voluntad ni alegrías, no solo producirá profundas depresiones y el deterioro acelerado del cuerpo, sino también la pérdida de la memoria. De allí la razón de que la única manera de detener el deterioro normal, aunado a las penurias por las que tenemos que pasar, es manteniendo alerta y dispuesta la voluntad, vivos los sueños, agilizada la emoción, activa la creatividad. Todo lo que hacemos, imaginamos y creamos es producto de nuestros hábitos mentales.

Luchar, viajar, activarse, caminar no es seguir el rastro de otros, es dejar el nuestro y lo que significa el verdadero e íntimo disfrute de la vida.

Preludio, avance y final, eso somos…

Amanda Niño de Victoria

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