#OPINIÓN La batalla es la constitución #13Abr

Ramón Guillermo Aveledo | Ilustración: Vitoria Peña |

La batalla política de Venezuela es porque la Constitución recupere, para bien de todos, su condición de norma suprema del Estado y de la vida social.

Así como caricaturiza a la oposición, plural con conciencia social y esencialmente democrática, como una pandilla de fanáticos ultraderechistas, el grupo en el poder pinta el conflicto venezolano que ha generado y cultivado como uno de política internacional entre ellos, por derecho propio encarnación de la soberanía nacional y el imperio norteamericano, independientemente de quien gobierne en Washington. Desde el “huele a azufre” contra Bush en la ONU, pasando por la gesta contra el “decreto de Obama”, hasta la actual confrontación con Trump que al comienzo procuraron evitar, culpando a su antecesor Demócrata por las malas relaciones. Recordemos que el régimen ha echado de aquí a representantes diplomáticos estadounidenses de presidentes de uno y otro partido. Y que lo recuerden los políticos de allá, aunque estén en campaña electoral.

La crisis venezolana no es una de política internacional. Su
internacionalización se debe a dos factores. Uno es el intencional ya mencionado, al cual se quiere introducir ingredientes geopolíticos con los interesados rusos (venta de armas y juegos de poder) y los reticentes chinos, cuya “guerra” es otra. El otro es un subproducto del mal gobierno y su secuela de pobreza e ilegalidad: la masiva emigración que crea un creciente problema en toda la región que ha llamado la atención en América y Europa sobre todas las violaciones al Derecho internacional y al interno en las cuales el grupito en el poder ha incurrido. O sea, la cara exterior de nuestra crisis es hija del desastre interno que nuestros aprendices de brujo han creado y que está en la base de la batalla política que aquí se libra.

Juan Guaidó, Presidente de la Asamblea Nacional, no se “autoproclamó” encargado de la Presidencia de la República, simplemente asumió el deber que le imponía el 233 constitucional. Al revés, si alguien se ha “autoproclamado” es aquel cuyo poder, desde enero de este año, no es el nacido de una elección realizada según la pauta constitucional, igual que se autoproclama como representante del pueblo aunque este mayoritariamente lo repudie o defensor de la soberanía cuando el poder de decisión y los recursos nacionales los pone en manos ajenas.

El pueblo venezolano ha votado y el valor de su voto ha sido desconocido. Ha manifestado multitudinariamente y su voz ha sido desoída. Ha buscado salidas como el revocatorio y se las han cerrado. Ve cada vez más limitado el ejercicio de sus derechos y no puede defenderlos en los tribunales porque no le hacen caso, ni en las instancias internacionales a las que el poder aquí no respeta, a pesar de todos los tratados. ¿Qué más quieren que hagamos los venezolanos?

Esa es la batalla cívica de nuestro país. Entre un pueblo que quiere que se cumpla su Constitución, porque así puede defender su derecho a vivir y progresar en paz, y un pequeño grupo alzado con el poder que se cree la Constitución e inventó un dispositivo llamado ANC que ni siquiera se reúne, para sustituirla de facto, a la brava. Cada quien, aquí y afuera, debe decidir de qué lado está.

Ramón Guillermo Aveledo

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