#OPINIÓN Hoy me atrevo a escribirte Señor #20Abr

Leandro Area Pereira | Ilustración: Victoria Peña |

«¿Quién le dio al fango un alma?”
Luis Cernuda

Hoy me atrevo a escribirte Señor, me lo merezco y eso es bueno pues dicen que a las palabras las multiplica el viento.

Y convengo y festejo que sea así pues daremos razón para creer que pueden ser semillas germinantes de otra verdad, quién quita y sabe dónde, tan frágil cual acostumbran florecer las pasiones. Para mejor ejemplo, fíjate que yo fui lo que soy.

Hoy te escribo Señor para pedirte con la sinceridad que el alma otorga pero que a veces la prudencia o el temor postergan, que por favor me hagas bueno que yo lucharé por lo contrario y así conquistar de esa cruzada la riqueza que imprimen los engaños.

No me apartes entonces del mal sin mi consentimiento, mutuo pudiera serlo mas no impuesto, ya que el poder de perdonar se lleva adentro y hay que dejar al prójimo aprenda a cruzar el camino, resbalar y caer y levantarse él mismo.

Permíteme pecar para volver a hacerlo y ser libre y capaz de entender y mi conciencia comulgue su energía a tu favor abierto.

Concédeme el gozo y el dolor de equivocarme para ser más humano. ¿Entiendes?

Ten fe en mí como yo puedo tenerla en el desconocido que eres, mas duda, sí, cuando asegure no volveré a caer.

Evítate el dolor de darme miedo con culpas o demonios pues tengo a veces al peor adversario que es el yo que cargo dentro y eso es ya suficiente.

Además otra cosa, ya que estamos en estas intimidades: recuerda que las burocracias son entes imperfectos así que asiste pues con asidua frecuencia a los deberes de tus ángeles príncipes terrícolas, atareados con los gigantes asuntos de este mundo, que si no ya tú sabes cómo son de frágiles los muchachos, más cuando andan de su cuenta y capilla.

Hazme sincero hasta donde se pueda y deba, que la sabiduría es prudente y selectiva para así exigirte más y amar sin trabas.

Justo también para no castigarme ni castigar a nadie jamás de los jamases.

Concédeme destreza para lo pequeño que llama insignificancia el engreído que somos que de lo otro, lo enorme, casi sólo de ti depende.

Abona y riega mi paciencia que de ella estoy, soy franco, hasta la coronilla, aunque sea de mi única responsabilidad y oficio haber dicho, escrito y sostenido, que ella es la ciencia mejor para lograr la paz. No me arrepiento.

Señor, si hube mentido fue por acariciar mi bien ávidamente, por lo que esa mentira no ha sido tal sino egoísmo con lo cual te quedo disculpado mintiéndote otra vez.

Dame de todo que lo repartiré con creces.

No he robado ni adjuntado fortuna a mis faltos haberes mas si te soy sincero no me siento en paz con mi bolsillo ciudadano y si a ver vamos es cosa material, miseria de minucias, que poco valen para los que no necesitan como sí uno, y tú lo tienes todo y te sobran tesoros. ¿No es ello cierto?

Cuida Señor a míos y tuyos como si fuéramos todos hijos ajenos puestos bajo tu protección y abrigo.

Ama y defiende a los demás más que a quien eres, mira que el egoísmo es el mal de los que no tienen razón por la elegancia de no decir infames.

Abre tus brazos siempre cual Jesús en la cruz que eres tú mismo.

Que no exista ni soledad ni hambre en el universo; amor para con la naturaleza que de tanta ambición y sordera, nuestras ambas las dos, comenzó a enloquecer para que le hagan caso.

Que todos soñemos un querer, una quimera, un pan, a pesar de sentir desamor, vigilia, ayuno.

Que no falte la fe que a fin de cuentas es tu razón de ser, tu dependencia, que quién sabe cuánto la sufres por la que falta o perdiste de tantos por el ejemplo imperdonable de los que dicen custodiar tu reino.

Escuda a mis hijos y a los de los demás de no importa qué sombra, menos de la suya propia y de las que los protegen de las inclemencias del tiempo, pues sin ellas no habría huella, guía, espejo.

Ampara a mi mujer, y a las demás, hijas todas de ti, para que sean capaces de cuidar a tus nietos que siempre andan jugando a que ya vienes y necesitan tanto.

Premia a quienes dejé fuera de estas líneas, pues se merecen más que los citados, por el sólo detalle de haber sido olvidados o excluidos, pero evita que se convierta en odio esa descortesía sin culpa, y traslade a otros lo que a ellos ocurre de perverso, pues a veces la ruleta marca número equivocado y los demás, qué culpa tienen de esa suerte.

El infierno debe estar construido, imagino, a la par de buenas intenciones, con la fuerza que crea el dolor de sentir el rechazo o la avidez de ejercer la venganza, y no quisiera yo aportar ni una chispa de tales virulencias al averno.

En voz penúltima te digo me oigas a mí, desde tus ojos, con atención suprema, que de tan cerca y obvio pudiera ser que me extraviara, celaje entre la multitud de fans que te pretenden, mientras de tan humilde me abstengo de llamar tu atención con estridencias, ausencias o colores.

Recomiendo te quites los de sol y me mires de frente que aquí me encontrarás, entre las breñas de país que somos hoy, más no mañana, siempre dispuesto para lo que sea bueno y orgullo de mi madre, mujer, hijos y amigos.

De la muerte ni hablemos que da caspa.

La bendición.

Leandro Area Pereira

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