#OPINIÓN Cronicario: La demencia de Escalante aceleró el golpe a Medina Angarita el 18 de octubre de 1945 #18Oct

Juan José Peralta | Foto: Cortesía |

Convocado al Palacio de Miraflores el 3 de septiembre de 1945 a una reunión con el presidente Isaías Medina Angarita, su gabinete y la dirección de su Partido Democrático Venezolano, en medio de frases incoherentes y sin sentido Diógenes Escalante pedía a su secretario privado Ramón J. Velásquez aplazar la cita por no encontrar las camisas que estaban en el armario. El asistente explicó la situación a Miraflores cuando llamaron para conocer del retardo del candidato.

Una junta médica conformada por los doctores Rafael González Rincones, Vicente Peña, Miguel Ruíz Rodríguez y Enrique Tejera París, certificó que Escalante había perdido la sindéresis. Tiempo después, en las tertulias de El Nacional cuando fue su director, Velásquez recordaba la frase del doctor Tejera, “Perdida, la razón está perdida, Escalante se ha vuelto loco”.

Medina había propuesto a Escalante como candidato del PDV y coincidieron con él en Acción Democrática: Habían logrado un candidato de consenso. Rómulo Betancourt y Raúl Leoni se fueron a Nueva York y se reunieron con el diplomático tachirense, quien dejó la embajada y se vino a Caracas para concretar el acuerdo con Medina.

Hombre muy bien formado, elegante y educado, desde muy niño siempre soñó con la presidencia. Graduado en Ciencias Políticas en París, Escalante estuvo de Ministro Plenipotenciario casi tres lustros en Londres. En 1929 su nombre estuvo en la mente de Juan Vicente Gómez para traérselo del Reino Unido, pero al final el tirano se inclinó por Juan Bautista Pérez, a quien encargó de la presidencia y más tarde defenestró. En 1934 Gómez lo envió a Ginebra a defender los límites de Venezuela de la voracidad terrófaga de Colombia.

Escalante fue secretario de su coterráneo el presidente Eleazar López Contreras, ambos nacidos en Queniquea, Táchira, a quien llevaba seis años y embajador del presidente Medina en Washington, donde jugaba golf con su amigo el senador Harry Truman con quien desarrolló profunda amistad, más tarde presidente de los Estados Unidos cuando su nombre sonó otra vez en Caracas.

Por acuerdo con Medina se buscó la salida con el embajador Escalante pero su sobrevenida demencia llevó al presidente –bajo la tesis de que debía gobernar un tachirense– a insistir con la opción del ministro de Agricultura, Ángel Biaggini.

Entre otras reivindicaciones políticas los adecos querían elecciones del presidente y los cargos de representación mediante el voto universal, directo y secreto por los venezolanos mayores de dieciocho años, incluidas las mujeres desde siempre arrinconadas por el machismo a los fogones. Como presidente, Escalante debía promover los cambios exigidos por la sociedad venezolana.

Ante la indisposición mental del virtual presidente, el aplazamiento del acuerdo no se hizo esperar. Truman lo mandó a buscar en el avión presidencial y Medina insistió con su candidato el ministro Biaggini, propiciando
mes y medio más tarde el golpe de estado del 18 de octubre de 1945 por un sector joven del ejército aliado a última hora con los dirigentes adecos.

“Anodino y gris” había calificado Betancourt al ministro Biaggini que Medina quiso imponer y fue la manzana de la discordia para el golpe. La demencia inesperada impidió a Escalante el sueño de ser presidente y aceleró el golpe de estado.

La segunda vez que hablé con Rómulo Betancourt en 1968, en la residencia de Julio Pocaterra en Altamira, llamó “clásico” al golpe militar del 18 de octubre de 1945, hace 75 años. El médico Edmundo Fernández, quien había jugado fútbol con él fue el enlace con la Unión Patriótica Militar, formada por la mayoría de los oficiales subalternos de las fuerzas armadas. Fernández también fue el anfitrión de la reunión conspirativa en su casa en La Castellana.

“He escrito y hablado copioso sobre esta asonada, incluso desde mis artículos de prensa en el diario El País”, me dijo enfático Betancourt y aseguró que la conjura estaba lista, parecía irreversible y así lo entendió en la primera reunión a la que acudió con Leoni.

“Hemos llegado a la conclusión de que el civil que deberá presidir el gobierno provisional sea usted, señor Betancourt”. La voz cantante la llevó el mayor Marcos Pérez Jiménez quien llegó en compañía de los tenientes Martín Márquez Añez, Horacio López Conde y Carlos Morales. Este último más tarde gobernador de Lara.

Los adecos se miraron a la cara estupefactos. “Leoni y yo no nos pertenecemos a nosotros mismos. Somos dirigentes de Acción Democrática. Sólo después que informemos a la dirección del partido podremos traer una respuesta”, le respondió a los militares quienes explicaron su malestar: los cuarteles mantenían la vieja estructura gomecista y los generales “chopo e´ piedra” de las montoneras del siglo XIX seguían mandando.

Lo que más molestaba a los militares jóvenes era que los ascensos estaban a capricho del presidente Medina Angarita y su ministro de Defensa, la Ley de las Fuerzas Armadas estaba archivada en el Congreso, los sueldos de los oficiales eran tan bajos que un subteniente ganaba menos que un chofer de autobús y la ración de la tropa y su dotación para uniformes y medicinas eran muy precarias.

Pérez Jiménez les aseguró que faltaba material militar actualizado y exigían su renovación comparados con los equipos de la recién finalizada guerra mundial.

Betancourt contó que se hicieron todas las diligencias para evitar el golpe que ya estaba fraguado y sólo le faltaba hora y fecha, estaba convencido que el golpe lo iban a dar con o sin los adecos y les pareció a la media docena escasa de dirigentes en conocimiento de la asonada la necesidad de participar. “No podíamos quedarnos por fuera”.

Descubierta la conspiración, el golpe estalló a mediodía del 18 de octubre de 1945 en la Escuela Militar. “Para evitar derramamientos de sangre” Medina se rindió y lo trasladaron para allá, donde se consiguió al ex presidente López Contreras, detenido en Miraflores cuando fue a saber de la sublevación.

Betancourt contó que la noche siguiente se instaló la Junta Revolucionaria de Gobierno integrada por cinco civiles y dos militares: cuatro miembros de AD, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios y él en la presidencia como se planteó al principio, el independiente Edmundo Fernández (anfitrión de la primera reunión), el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud y el capitán Mario Vargas.

“Hice una gestión democrática, pese al origen de facto. Se castigó el peculado y convoqué la Constituyente de 1947 con diputados electos por votación universal, directa y secreta que aprobó la primera Constitución democrática que instauró la participación popular en la escogencia de las autoridades por el sufragio”.

Final de los andinos en el poder

Aquel día cayó la dinastía andina que gobernaba desde el 22 de octubre de 1899 cuando de golpe Cipriano Castro con su compadre Juan Vicente Gómez arribó con su Revolución Restauradora a Miraflores. También y puso fin a la pugna entre Medina y López por el poder, quienes fueron expulsados del país.

En 2008, casi de manera simultánea circularon en Caracas dos libros sobre la controversial figura de Diógenes Escalante, los trabajos de investigación de la periodista Maye Primera Garcés en la Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y la novela El pasajero de Truman, del escritor margariteño Francisco Suniaga (Editorial Mondadori), quien reunió en tres personajes la narración del hecho real de la locura de Escalante, el propio personaje, Hugo Orozco y Román Velandia. El título viene por la decisión del Jefe de Estado norteamericano de mandarlo a buscar en el avión presidencial.

Inspirado en ambos libros y otras referencias, en 2011 el actor y dramaturgo catalán de toda la vida en Venezuela Javier Vidal, montó con éxito de público la pieza teatral “Diógenes y las camisas voladoras”, estrenada el 1 de julio de ese año en el Teatro Trasnocho de Caracas con Vidal en el personaje de Escalante, José Miguel Dao y Jan Vidal Restifo, como secretario del diplomático, bajo la dirección del dramaturgo Moisés Guevara. Los argumentos del candidato eran que las camisas no estaban, se fueron en vuelo estimuladas por sus enemigos. Pero sobre la cama estaban 18 camisas. En su locura no lograba verlas.

La sobrevenida locura de Escalante precipitó el golpe que era inevitable, según Rómulo Betancourt quien contó que hasta los sargentos en los cuarteles lo sabían porque a los militares no se les habían tomado en cuenta y resentido por la muerte de su padre Delgado Chalbaud quería vengar la afrenta y Pérez Jiménez se moría de codicia por el poder.

Juan José Peralta

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