#OPINIÓN Ventana abierta: Un viaje a Cartagena – La ida #30Oct

Eduardo Iván González González | Ilustración: Victoria Peña |

Para recordar:

“Por tanto, señores, anímense, porque tengo confianza en Dios y estoy seguro de que las cosas sucederán como el ángel me dijo”

(Hechos 27:25)

Algunos dicen que el Apóstol Pablo hizo tres viajes y otros que realizó cuatro. No obstante, duró 30 años visitando distintas ciudades, generalmente por barco. Según la Biblia salió desde Israel, luego Asia menor, Macedonia, Italia, viajando por el Mar Mediterráneo. Todos los viajes del apóstol fueron misioneros

Pablo, no andaba de vacaciones, frecuentemente iba de pasajero o lo llevaban preso de un lado a otro. Y cuando Dios, por medio del Santo Espíritu o sus ángeles le advertían de los peligros, no dejaba de decirlo y por ello el texto de hoy, y les protegía.

En una ocasión, a Julio, un capitán romano, Pablo le dijo que no salieran al mar y siempre zarparon. Casi zozobran pero Dios los cuidó. Igualmente, hay muchas personas que no creen en Dios, o en su Palabra, mientras Él está dispuesto a defendernos.

Hace poco, para este mes de Octubre de los corrientes, recibimos la invitación de parte de los hermanos de mi esposa Susana, para realizar un viaje a Cartagena, Colombia. Nos encontraríamos con su hermano Samuel y familia, junto a mis suegros José E. y María Teresa. Y como está la situación económica de nuestro país, con nuestro pequeño esfuerzo, con ayuda de ambos lados familiares, pudimos tomarnos unos días de descanso.

El viaje se planificó por tierra: en carro y en bus. Para nosotros, solo hay dos opciones, saliendo desde Barquisimeto: 1) Irse a San Cristóbal, luego Cúcuta y atravesar parte de Colombia. 2) Maracaibo, luego Maicao, tomar la costa hasta llegar a Cartagena. Esa opción es más corta y con todo eso, recorrimos unos 936 km, en unas 16 horas.

Así como Pablo advirtió los peligros de ese viaje (Hechos 27), algunos de nuestros familiares y amigos nos daban voces de advertencia del peligro de ir de Maracaibo a Maicao, al atravesar la Guajira venezolana o esa frontera; a pesar de las advertencias, el Señor, nuestro Dios nos protegió, nos cuidó durante la ida y el regreso.

A decir verdad, el viaje a Cartagena de Indias, conocida con la ciudad amurallada, fue una experiencia inolvidable. La llaman así por la cantidad de castillos y fuertes que hay dentro de la misma. Tiene más de 2 millones de habitantes. Es turística por excelencia; bellas playas; moderna, por la cantidad de edificios dentro de la ciudad y a la orilla del mar.

Como es muy difícil contar todo, es como nuestro deber animar a quienes tienen oportunidad de ir a Colombia, que tomen en cuenta a Cartagena para un futuro viaje. Es una ciudad segura, industrial, ordenada y tristemente no llegamos a conocer todo lo que ofrece.

Vale también recordar (quizá “obligar”) a los gobernantes que acepten que ese país, Colombia, nos lleva un gran adelanto. Y es triste ver que las decisiones políticas han paralizado nuestro a Venezuela. Por ello, estar en Cartagena nos hizo recordar lo que es el progreso, el desarrollo que hace falta acá. Aunque la gasolina es cara, el comercio es pujante, los alimentos son económicos, se observa el poder adquisitivo distinto al nuestro: un sueldo mínimo que se acerca a los 900 mil pesos, equivalentes a uno 271 dólares.

Cuando llegamos a ciertos sitios, de pronto pensábamos que estábamos en Venezuela todavía, porque nos encontramos con tantos venezolanos, trabajando duro: gente de Falcón, San Cristóbal, Caracas, Maracay, Valencia, Maracaibo, Margarita y Lara. Fueron muy pocos los venezolanos que vimos pidiendo o sin trabajo.

Una estadía en lugares así se va rápido, pero frente a las alegrías o los peligros no debemos perder la confianza en Dios y así como protegió a Pablo, en su vida, si se lo pedimos, nos va a proteger y sacar a Venezuela de esta crisis, ocasionada en un alto porcentaje por acciones equivocadas de nuestros gobernantes, o ciudadanos que los apoyan. Tal vez, porque no han tenido un encuentro con Jesucristo, como lo presentaba Pablo, y lo llevó a decir al final: Que le estaba guardada la corona de la vida (2ª Timoteo 4:8).

Eduardo Iván González González

www.ventanabiertalmundo.com

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