#OPINIÓN El chispazo que falta #9Abr

Antonio A. Herrera-Vaillant | Ilustración: Victoria Peña |

A estas horas la humanidad sigue absorta con la plaga que azota al planeta, con poca atención restante para otros temas. El conteo de las víctimas, la percepción de los dramas individuales y colectivos, y la angustia por la constante expansión del virus dejan poco tiempo para los demás problemas globales.

Por eso a nadie debe extrañar que para el resto del mundo la tragedia venezolana esté pasando a un plano secundario, donde la única novedad es la iniciativa de las mayores potencias democráticas de frenar el auge del narcotráfico que se escuda tras el pánico de la pandemia. Eso sí, emprenden este nuevo proyecto de contención procurando reducir al mínimo sus propios costos humanos, económicos y sociales.

En momentos resulta poco probable que nación foránea alguna se disponga a derramar sangre o destinar ingentes recursos propios a sacarle las patas del barro a los venezolanos, más allá de temas – como el terrorismo y narcotráfico – que directamente afectan a terceros.

El mundo sabe que la pandilla que está saqueando a Venezuela no tiene atenuantes ideológicos o personales. Sabe que la integran solo mediocridades – desprovistas de valor o méritos – que apenas fueron rémoras adheridas a la estela de un demagogo que luego desapareció sin sufrir las consecuencias de su propio disparate.

Hoy la cruel realidad es que – más allá de los eventuales estragos del coronavirus – para la inmensa mayoría de los venezolanos falta de todo, menos represión y las cínicas justificaciones con las que siguen tratando de achacar a terceros la responsabilidad por deficiencias propias.

La más reciente explicación sobre la escasez de gasolina en el país con las mayores reservas petroleras del mundo constituye la tapa del frasco del descaro: Alegar que falta gasolina porque unas sanciones impiden importar aditivos es un absurdo ante el hecho notorio de que los aditivos los producían refinerías hoy paralizadas por la ineptitud y corruptela de una panda delictiva que no sabe sino mentir y robar.

El mundo externo ha hecho prácticamente todo lo que está a su mano para debilitar a la dictadura. Ahora el pasto político, económico y social de Venezuela está tan seco que el menor chispazo puede encender una irreprimible conflagración interna.

Pero esa chispa decisiva – e imprevista – que acarree liquidar una dictadura grotesca, insensible e insostenible tendrá que provenir de adentro de la propia Venezuela, al igual que de aquí salió la pandemia de irresponsables y frívolos votos y apoyos que permitieron a semejante monstruosidad entronizarse en estas tierras.

Antonio A. Herrera-Vaillant

[email protected]

PUBLICIDAD

Comentarios

Comentarios