#OPINIÓN Por la puerta del Sol (82): Mi personaje inolvidable #29Ago

Texto: Amanda Niño de Victoria | Foto: Cortesía |

A la memoria de Eduardo Ángel (El cuñao)

“El agua, se aprende por la sed; la tierra, por los océanos atravesados; el éxtasis, por la agonía; la paz se revela por las batallas libradas; el amor, por el recuerdo de los que se fueron; los pájaros, por la nieve”.
(Emily Dickson)

El cuñao sempre será recordado por quienes tuvimos el privilegio de haber formado parte de sus más caros afectos.

Lentamente el cincel del mundo va dando forma a nuestra vida, el tiempo y los aconteceres son los que producen en nosotros una obra perfecta o deformada.
Carne y hueso, estatua y flor perecerán un día sin indumentaria, sin aromas de jazmín, de magnolias ni lavandas. El tiempo es implacable, solo queda en esta tierra el producto de lo que en vida fue copa llena de delicias o tristezas, alimento de luces o de sombras, de amor o de odio.

Se sale a vivir cuando se nace, escarbando o cantando en las fronteras del ensueño, manos que son custodia de sueños o antorcha de esperanzas, filos de discordia o pétalos de armonía.

Solo la muerte podía detener a este hombre fuerte, familiero y gentil, cuya vida estuvo llena de bondad, de atenciones y cariño. Grandes ejemplos y lecciones de vida dejó a quienes siempre lo recordaremos con cariño y con respeto.

El cuñao tuvo la originalidad de montar su biografía, colocando al fondo de sus tacitas vivencias la imagen de quien fue toda su vida un hombre claro, cabal, sin disfraces, sin tacha ni apariencias. No necesitó ni guardianes, ni de pompas, humos ni hinchazones de soberbia, fue humilde hasta el final. Estuvo lejos de formar parte de las falsas pretensiones, no hablaba mucho, escuchaba a todos con majestuosa atención, no ofendía ni criticaba a nadie con mordaz intención.

De nada vale echar a los vientos, belleza, títulos o riquezas si el tiempo todo lo quebranta con su férrea hoz.

Don Eduardo Ángel fue un hombre sabio, sus palabras no se desvanecerán fácilmente. Es inútil la lucha contra las adversidades porque es quien no puede vencerlas quien sufre y pierde la pelea. Es mejor amar la tempestad de la vida que temerla; mejor es retirarse vencido pero erguido, en cuestión de recompensas la semilla de la experiencia debe sembrarse en surcos de la esperanza.

Las energías de un hombre como él solo podía atajarlas la fatiga de sus fuerzas y el crudo invierno de los años.

Tuvo la distinción de nacer en una tierra cargada de fecundas reminiscencias y amables evocaciones. Don Eduardo no escribió un libro, pero en el corazón quedaron esculpidas sus obras y enseñanzas, su respeto y palabras llenas de sabiduría.- Somos diferentes con virtudes y defectos entre polvo de caminos o cristales de escarcha. Aquí se quedan riquezas, vanidades, glorias, fracasos, alegrías y propiedades más queridas.

En la fogosidad del camino igual se juntan mariposas y huesos de difuntos, gusanos y cenizas.

Saber menos o saber más, llevar trapos de seda o harapos no hacen la diferencia, la diferencia está en el corazón y el alma no tiene color.

Con el paso de los años la sangre agitada se calma, se pulsan los miedos. Es en el fuego de la vida donde encontraremos el único fruto que mantendrá dulce y cálido el abrazo del invierno con una buena compañía.

Se fue el cuñao, todo parece igual, el alboroto de los grillos sigue allí, a orillas del río siguen las hojas secas cubriendo el camino, su ruta preferida sigue allí, igual que la del Blanco y Negro ruta 2. Todo sigue igual, los viejos caminando por el parque, la aurora no ha cambiado sigue rodando sobre los techos, los espacios vacíos siguen recogiendo vientos y los guaduales adornando la belleza del paisaje. Todo parece igual, el tiempo con su rueda sigue repitiendo sus rituales al hastío.

“Las llamas enmudecen y el paisaje medita, se eleva un ave errante, ladra un perro a lo lejos y la calma infinita parece que adorara la luz agonizante”
(Camilo Lasprilla)

Todos cambiaron cada uno por su ruta preferida.

Nos queda el recuerdo que en Hossanas de incienso elevaremos siempre por ese hombre magnífico que fue don Eduardo Angel.

Como dice el gran poeta Marco Antonio Faillace, el cuñao siempre supo que para sacarse el alma cada quien debía construirle su propia ventana, regarle sus plantas al albor y ponerla al sol en el ocaso..

Aprendemos con los años a ser maestros de ensueños, huidizos sueños a la verá del camino, porque nadie sabe de aquellos que en el tragaluz cotizan su propio temporal…

Gracias cuñao por tanto afecto hacia nosotros los Victoria Niño, descanse y espérenos en el umbral del cielo cuando nos toque el viaje final…

Amanda Niño de Victoria

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