#OPINIÓN Del Guaire al Turbio: Huirle a la esperanza #24Feb

Alicia Álamo Bartolomé | Ilustración: Victoria Peña |

Estoy acorralada por la ausencia de los medios de comunicación. Desde hace mucho tempo desapareció la prensa escrita, la que a mí me gusta. Prefiero leer la noticia en el momento que quiera y pueda, no oírla a una hora obligada. Ahora se van, justamente en esta era de cuarentenas que ya van siendo centenarias, los medios audiovisuales. Tengo dos meses sin que Inter-cable se digne restaurar internet, aunque estoy pagando el servicio inexistente y la falla se extiende hasta la televisión: sólo dos canales marchan bien, 4 y 5; menos bien, pero algo, 2 y 10. Lograba oír y medio ver, a imagen saltante y en hormigueo, el canal 11, pero ya no. Por éste, mal que bien asistía a la misa diaria que primero me vedó en presencia la pandemia al encerrarme en casa y luego, la que me gustaba desde mi confinamiento, la de EWTN, cuya señal perdí con este último impasse. Sólo me queda la misa dominical del Cardenal Baltazar Porras por el canal 4, hasta que Dios quiera, pues a lo mejor también me la van a borrar. Y el teléfono… otra historia: no repica o lo hace una sola vez, si logro hablar, es con un ruido de río caudaloso, se corta. No tengo ni quiero tener celular, ni teléfonos inteligente, ni nada de esas cosas. Me resisto a incorporarme a las redes del chisme y los mensajes necios.

Así y todo, soy lo que me consideran algunos: la reina boba del optimismo. He encontrado algo positivo en este mar de ausencias: he recuperado algunos canales de TV venezolanos, sobre todo 4 y 5. Este último no se veía cuando estaban presentes los extranjeros y tiene buenos programas culturales. Siempre prefería los canales foráneos para evitar cadenas con presencias desagradables, por la excelente producción y actuación en las interesantes series y películas. Últimamente, por supuesto, con mucha repetición, porque se está produciendo muy poco material por las restricciones sanitarias. Lo mismo pasa en Venezuela, sólo que aquí les ha dado por reponer telenovelas criollas, colombianas y mexicanas, unas, realmente malas y otras peores. Para mí, hasta ahora, se salvan dos: la venezolana Kaina y la mexicana Desde que te conocí, que cuenta la historia del cantante Juan Gabriel. No sé si las echarán a perder después. Sin embargo, veo incluso las malas, aunque me espanten varias cosas, como la actuación caricaturesca, lo mal vestidas que salen algunas protagonistas, con trajes diseñados quizás por sus peores enemigos; lucen apretadas, grotescas, despechugadas y esto, hasta las locutoras, enfundadas en lycras que resaltan excesos…, fundamentales. Un horror, pero así y todo me distraigo reconociendo y recordando a actores que tenía medio olvidados. Desacostumbrada estaba a la exhibición de abundancias, porque las actrices gringas son más esbeltas y estrechas de caderas. Pero necesito, como medida sanitaria, ver TV para descansar. Mi trabajo diario es escribir, sin embargo, a esta edad provecta mi horario laboral está muy restringido. Por este equilibrio que hago entre acción y reposo, conservo despiertas las neuronas.

Y he encontrado algo muy sugestivo y positivo en el canal 4, Venevisión, el slogan para anunciar su popular programa sabatino: En Súper Sábado Sensacional no sabemos huirle a la esperanza. Me gusta esta frase, soy una enamorada de la esperanza porque mientras ésta exista no esta todo perdido. Bien lo dice un conocido refrán. Porque la esperanza es una luz en lontananza, que guía y anima a continuar el camino difícil, lleno de obstáculos. En ese camino difícil estamos hoy en Venezuela y el mundo. Como si se nos hubieran venido encima las 10 plagas de Egipto. En cierta forma sí: conflictos bélicos, dictaduras, sida, ébola, socialismo del siglo XXI, aborto, fiebre aviar, teología de la liberación, ideología de género y coronavirus. Pero la peor peste sería la número 11: la pérdida de la esperanza. Con esta pérdida cortaríamos las alas de la fe y de la razón que sustentan la existencia.

No me gusta ir en contra de nada ni nadie, pero rechazo el desaliento y la desesperación, como el “sí, pero…“ de aquellos que a la buena noticia le buscan siempre el lado negativo. El escepticismo es dañino, amarga al que lo sufre y proyecta en quienes lo escuchan la duda y el temor. Prefiero los ilusos, los que siguen el sueño de una utopía, porque al menos no ponen en fuga a la esperanza.

Alicia Álamo Bartolomé

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