#OPINIÓN No al casquillo

Ramón Guillermo Aveledo | Ilustración: Victoria Peña |

“Se ha determinado que comer casquillos puede ser dañino para la salud”. Es mandato de la Ley del sentido común para la vida y la política.

Creo que hay que exigir más del liderazgo democrático venezolano. No porque no hayan dado que han dado mucho, enfrentado minuto a minuto riesgos personales por los que algunos de sus críticos, incluidos ciertos “hombres honrados de Venezuela” como los del poema de Andrés Eloy, y también mujeres, no se dejan ni rozar. Hay que exigir más, precisamente porque lo que han dado nos dice que pueden dar más y en eso les extiendo mi voto de confianza. Hay que exigir más porque la situación del país es tan grave que no se parece a la de ningún otro momento, no digo de nuestras vidas, sino de nuestra historia; y en eso les transmito mi sentido de urgencia.

No creo que la respuesta a la imprudencia, tan temeraria que a veces parece calculada, haya que responder con una pasividad que puede exasperar o desanimar al extremo de la huida, sea hacia adentro (yo no me meto más en esa vaina) o hacia afuera (yo me voy de esta vaina). Tampoco creo que sea práctico buscar la solución a los problemas de la Unidad disolviéndola en jugadas individuales o fragmentándola en unidades chiquitas, patéticos empeños por demostrar que tengo razón y punto, y por lo tanto, lo que tienen es que hacer lo que yo digo o lo que yo voy a decir o lo que voy a ir diciendo en la medida que se me ocurran ideas más brillantes.

La Asamblea Nacional, la única institución constitucional plenamente legítima y reconocida nacional e internacionalmente, es un recurso valiosísimo. Y está en manos de la oposición democrática, así que es nuestra responsabilidad. Así que como tan lógico es defenderla, apoyarla, fortalecerla por dentro y desde afuera, es criminal erosionarla, debilitarla, dejarla sola.

Uno de los métodos más frecuentemente usados por la insensatez empeñada en enervar nuestro legítimo Poder Legislativo Nacional, es retar constantemente a sus diputados, meterles casquillo para decirlo en el lenguaje más coloquial, con el chantaje moral de tacharlos de cobardes o vendidos si no nos hacen caso, azuzándolos a atreverse a audacias irreflexivas cuya única utilidad es el desahogo de un puñito. Si no las cometen, son timoratos y si lo hacen y no dan resultado, como es lo más probable, entonces se lo cargamos al pasivo. Para los “casquillotraficantes” nuestros diputados no ganan una. Porque ahí está el detalle, Cantinflas dixit, lo importante es que no ganen una. Que no quede un ojo sano, a ver qué tuerto o tuerta va a reinar en el país de los ciegos que se convertiría la oposición venezolana.

Y a los diputados, que no coman casquillo. Hace daño. Acaban metidos en un laberinto, en el triste papel de marionetas de algún plan ajeno de esos generales con puesto de mando muy remoto del campo de batalla.

Y a nosotros, ciudadanos, también exigirnos más, que más podemos y debemos dar de nosotros.

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