#ESPECIAL Diego Arroyo Gil: “A mí no me va a echar nadie de Venezuela”

José Manuel Zaá | Foto: Karen Paradas |
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A los 32 años de edad ha tenido el privilegio de inmortalizar en distintos textos a personalidades de la talla de Sofía Ímber y Nelson Bocaranda Sardi. Su nombre es Diego Arroyo Gil y resultó ser el invitado de esta semana al Desayuno-Foro de EL IMPULSO, en el que fue atendido por el director, Juan Manuel Carmona; el director-editor, José Ángel Ocanto; y el jefe de Redacción, Juan Diego Vílchez.

No sabe en qué parte específica, pero le dijeron que nació en Caracas. Se fue de Barquisimeto con la tarea de averiguar en dónde quedaba la desaparecida clínica Especialistas Unidos, en la cual su madre lo trajo al mundo.

“Es extraño, lo sé, pero nunca me lo habían preguntado”, dijo entre risas.

Orgullosamente contó que es descendiente de José Gil Fortoul –su abuelo materno era primo del importante escritor e historiador guaro-. Creció en una morada de Las Acacias, en donde vivía con sus abuelos, madre y hermana –posteriormente convivió con un padrastro y llegó a su vida otro hermano-.

Fue concebido por Moraima Gil y Henry Arroyo, fisioterapeuta y contador público, respectivamente, referencias esenciales para adoptar el hábito de la lectura desde pequeño.

“Una persona que no ha visto en su casa que alguien lee, cuando crezca le va a parecer extraño y aburrido sentarse a hacerlo”, reflexionó.

Su infancia, relató con la serenidad y el ritmo pausado que sostuvo durante toda la entrevista, fue tranquila e imantada por la historia genealógica de su progenitora: sus ascendientes maternos formaron parte un linaje colonial de terratenientes, en el estado Cojedes.

“Mi padre biológico es de una familia del estado Aragua, que, según lo que entendemos por la historia, habría sido esclava de la familia de mi mamá (…) Es algo me resulta interesantísimo y fantástico”, narró.

Este periodista, graduado en la Universidad Central de Venezuela (UCV), trabajó como reportero del diario El Nacional y estuvo al frente, junto a Simón Alberto Consalvi, de la Biblioteca Biográfica Venezolana.

Su conexión con el mundo literario

Sus primeros años de formación escolar marcaron toda su vida. Cursó primaria en el Colegio Aquiles Nazoa de Los Chaguaramos, en donde le “metían por intravenosa” las obras del reconocido humorista, escritor y periodista criollo.

Se graduó como bachiller en ciencias del colegio Cristo Rey de Caracas, una institución de sacerdotes agustinos o como él mismo dijo, “de curas”. Posteriormente, se graduó como Licenciado en Comunicación Social en la UCV.

-¿A qué edad empezó a escribir?

-A mí me llamaban el poeta en el colegio. Mi primer libro, bueno, qué iba a ser un libro, eran unas paginitas en las que yo escribía; lo bautizaron ahí, en el colegio. Los profesores hicieron flores de papel y se hizo el acto con todos sus compañeros (…) Estaba en cuarto grado.

Era un libro en el que yo versionaba poemas de Aquiles Nazoa, siguiendo la misma forma pero incluyendo algunas cosas que pasaban en el colegio.

-¿El primer libro que leyó?

-Me costó comenzar a leer porque me aburría. Me fascinaba Aquiles Nazoa pero eso de sentarme a leer una novela de cabo a rabo, me costaba. Mis tías a veces pasaban todo un sábado echadas en una cama leyendo y a mí me parecía extraño; bajaban, comían y volvían a subir. Un día me propuse hacer eso y leí Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte de Horacio Quiroga.

-¿Por qué periodismo?

-Quería estudiar sicología, porque tenía dos tías sicólogas; pero escuché los cuentos de cuando estudiaban y me dejó de parecer tan genial. Entonces empecé a buscar algo que se parecía a mí.

Con letras, pensé que iba a morir de hambre; en cambio, me pareció que periodismo reunía todo, te daba la oportunidad de tener cerca la historia, la literatura, la sicología y, además, ofrecía un campo de trabajo mucho mayor.

Consalvi su gran mecenas

Arroyo Gil comenzó a trabajar en el diario El Nacional con apenas 19 años, como pasante. Allí se ganó la confianza de quien fue su lumbrera a nivel profesional, la persona que, según afirmó, le dio y sigue dando empleo. Le abrió ventanas que lo llevaron a conseguir las faenas más importantes en su palmarés.

-¿Cómo entró a El Nacional?

Estaban buscando un pasante de cultura y una profesora que sabía mis intereses me dijo. Trabajar ahí era lo máximo que le podía pasar a uno y bueno, yo busqué hablar con Armando Coll, que era el jefe de cultura en ese momento. Le presenté un artículo y me dijo: ‘Sí, vente. Empiezas cuando termine la pasante que está ahorita’. En ese momento Consalvi comenzaba a ser jefe Editorial de El Nacional y yo lo veía pasar pero para él era solo un pasante.

Terminé las pasantías y no quedé. Luego, me llamaron para hacer las vacaciones del periodista de literatura y, cuando terminaron, fui a que Consalvi a despedirme, pero me dijo: ‘No, no puede ser, a ti hay que buscarte un trabajo aquí’. A los días me pidió que fuera el director adjunto de la Biblioteca Bibliográfica Venezolana, que era la colección de biografías que dirigía con Edgardo Mondolfi.

Tenía 22 años y no estaba graduado, fue un grito al cielo. Consalvi fue muy arriesgado, yo no me hubiese contratado.

-¿Qué tan importante fue Consalvi para usted?

-Él logró en su momento que crearan un puesto ficticio en El Nacional para que incluyeran y me ofreció dar clases de Literatura en la UCV.

Fue tremendo cuando murió. Yo escribí la biografía de él porque, la Biblioteca que ya había cerrado decide incluirlo, no como el tomo 151, sino como un número especial.

Ímber y Bocaranda

Los dos primeros libros de Diego fueron las biografías de Luisa “La Nena Palacios” y Miguel Arroyo; no obstante, se llena la boca al decir que es el autor de Bocaranda. El poder de los secretos, y de La señora Ímber, de lo mejor que logrado en su andar profesional.

-¿Cómo fue su experiencia con Sofía ímber?

-Fueron tres años que parecieron tres siglos. Nos veíamos los miércoles a las cinco y al final no veíamos todo los días para hablar, no para entrevistarla. A ella nunca le gustó dar declaraciones sobre su vida pero fue cediendo conmigo y se abrió a decir muchas cosas; creamos entre los dos un territorio de cordialidad y respeto mutuo que, a su vez, permitió que se abriera un espacio para intimidad en la que surgieron cosas que están en el libro y otras que no.

Lo fascinante que tenía es que, aunque era una mujer entera y rebelada, tú sabías que había algo más en ella. En el libro traté de dar esa idea, en la que tú te encuentras una persona redonda pero te quedas con la impresión de que hay algo más.

-¿Qué resalta de trabajar con Bocaranda?

-A diferencia de Sofía, Nelson es tan llano que ya está mostrado como y creo que eso es lo que a él le permite cultivar fuentes en todas partes. Su libro fue guiado hacia su carrera como profesional.

Fue una locura porque Nelson habla hasta por los codos. Fueron 90 horas de conversación y 600 cuartillas de transcripción.

Yo le digo que es un medio de comunicación andante. Un día estábamos en una cena y cuando recibió mensaje dijo: ‘cónchale, está pasando algo en Colombia con Santos’. Y a los dos días resulta que el hombre estaba con cáncer; es una verdadera locura.

-¿A quién le gustaría inmortalizar más adelante?

-Me gustaría tratar de entender cómo funciona la mente de Osmel Sousa; no por los chismes que pueda tener, sino para saber cómo una persona que llegó aquí de Cuba se convirtió en alguien que creó una industria que es un referente ineludible del paisaje social venezolano. Es una mente, me parece un personaje fascinante. Hay una historia interesante que contar allí.

Arraigado a Venezuela

Su familia se fue del país en el año 2009 huyendo del oficialismo, pero él se rehusó a ser expulsado de su patria, aunque años más tarde decidió para formarse como magister en Edición en la Universidad Complutense de Madrid. Se fue sin saber si regresaba, pero su amor por la tierra venezolana se impuso.

-¿Qué pasó por su mente afuera?

-Fue confuso pero me mantuve. Si yo me voy de Venezuela es porque yo quiero, a mí no me va a echar nadie de aquí. A mí Chávez no me va a expulsar de aquí, decía.

Hay un momento en la vida de toda persona, creo yo, en el que tú naces a la consciencia en el que la historia existe y para mí ese día fue la madrugada del 4 de febrero de 1992.
Recuerdo perfectamente que me levanté ese día y estaban mi madre, mi abuela y una tía al final del corredor. Cuando me acerco y pregunto qué paso, me dicen: ‘No, mi amor, vete a dormir que hoy no hay colegio’. Chávez llegó interrumpiendo nuestra formación, el primer día que yo no fui al colegio fue por él.

-¿Cuáles son las luces y las sombras que le ve a Venezuela ahora?

-El ímpetu de los tantos muchachos que hay en la calle viene de los valores que heredamos de nuestros próceres.

La luz es que estamos vivos y las sombras son los muchachos muertos que salieron a la calle queriendo un país libre. Uno sublima esas muertes para soportarlas porque si no, sería un tormento demasiado grande.

Nuestro trabajo como periodista es seguir haciendo nuestro trabajo. Este país estaría aun más a oscuras si no fuese por el periodismo independiente.

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