Gracias, genio: Venezolanos tras salida del “Ché” García

Francisco Vega Riera | Foto: Cortesía FIBA Américas |

Resultaría poco sincero -y hasta mezquino- con el peso histórico de un ciclo (2013-2017) que trascendió en obras y resultados, y no solo en deseos o planes utópicos, hacer del adiós de un entrenador como el argentino Néstor “Ché” García una nota más sobre un cambio de identidad en el banquillo de la selección adulta masculina de baloncesto de Venezuela.

Habría que hacer un poco de filósofo o poeta y decir que, cual fino alfarero, el “trotamundos” de Bahía Blanca, ese que levantó copas y trabajó con los mejores en diferentes países y que incluso cambió para siempre la historia del baloncesto de clubes de Venezuela al guiar a Guaros de Lara a su primera Liga de las Américas FIBA en 2016, logró rediseñar con paciencia, sinceridad y una inequívoca fe en sus ideas de juego, una serie de conceptos por largos años poco trastocados, por aquello de la costumbre y la idiosincrasia, quizás.

Volver a un país coleccionista de copas (Sudamericano de Naciones Margarita 2014 y Caracas 2016, Preolímpico FIBA Américas de México 2015), romper con largas esperas (23 años desde el primer Sudamericano obtenido en Valencia 1991, 24 años sin ir a unos Juegos Olímpicos entre Barcelona 1992 y Rio 2016) y modificar patrones de pensamiento y juego entre inocultables limitaciones de talla y formación técnica, requería de una personalidad tan irreverente como vehemente.

Allí se destacó quien, como pocos, se empeñó en cambiar el “yo” por el nosotros, al punto de que un baloncesto nada conocido por su defensa pasó a hacer que el rival anotase 75 puntos o menos en 25 de los 41 partidos internacionales oficiales que dirigió (récord fue de 25-16). Cuando sus rivales anotaron 70 o menos puntos, Venezuela tuvo récord de 21-3.

La defensa era el camino y el “Ché” no tuvo miedo de recorrerlo aunque fuese una larga cuesta hasta llegar a la gloria. Aunque tuviese que repetir el mensaje mil veces cada práctica, otras tantas durante un juego.

Por eso tuvo grandes escuderos siempre, dispuestos a superar al rival en rebotes sin importar deficiencias de estatura. Por eso tuvo noches de triples heroicos, de increíbles seguidillas de cestas como las de Heissler Guillent en Margarita o Ciudad de México. Porque no solo los invitó a creer. No solo les mostró que era posible. Si alguien faltaba, otro hacía el trabajo.

Ellos, por sí mismos, vieron que todos podían ser uno. Que juntos podían ser más. Que vencer, entre obreros sin chapa de estrellas, no es más que ir a trabajar con corazón, sí, pero también con la convicción que te da prepararte contra los mejores, caer, aprender y volver a levantarte.

Así convencen los sabios. Así como cuando les dices a todos, en el momento más difícil, que están “a tres minutos de los Juegos Olímpicos”, cuando falta el oxígeno y la desesperanza agobia. Tras clasificar, ese mismo motivador los llamó “sus leones”. Tras emular a su maestro, el boricua Julio Toro, no dudó en dedicar la gesta a quien fue “un padre en sus inicios”.

Fueron cuatro años de cambiar una mentalidad y una forma de jugar, desde lo defensivo hasta el concepto del reloj de posesión. Los 24 segundos pasaron a ser una eternidad para crear, para dejar de ser predecibles, para ocupar espacios, para compartir, a veces hasta rayar en lo cansino, la naranja que antes iba embalada al aro. Los 40 minutos, como dijo en México antes de volver, “no son nada” cuando alguien logra aguantar críticas y seguir en procura del éxito. Qué gran legado para lo que viene.

Al Ché le tocó hasta vencer a su propio país en una final o enfrentarlo luego en su ciudad natal (Bahía Blanca) y lo asumió con enorme respeto, humildad y profunda felicidad ante el reto. Le tocó decir adiós a la selección que le cambió su mundo allí mismo, entre su gente, en donde nació y tanto le esperaban. Paradojas de la vida. Las cosas siempre cambian. Esa es la única constante. Gracias, genio. Las puertas quedan abiertas.

 

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