Editorial: 110 años

Este miércoles, primero de enero, se cumplen 110 años de la gesta periodística representada en las páginas de EL IMPULSO.

Un siglo, el vigésimo, abría sus pétalos, y una nación exhausta por el fragor de las cruentas guerras se aferraba a una esperanza de estabilidad y sosiego, que felizmente acababa de concretarse. En 1903, en el decir del historiador Manuel Caballero, “estalla la paz”. Es la era de paz más larga disfrutada por el país desde 1810, advierte el ilustre cronista.
Fue la ocasión vislumbrada por el fundador, Don Federico Carmona, para lanzar a las calles de Carora, nuestra cuna germinal, las hojitas de papel que simbolizaban las palomas mensajeras del “Prospecto” delineado en la primera nota editorial, de aquel viernes primero de enero de 1904. Era la cartilla moral de un intrépido visionario, forjado en el tesón de esa tierra seca pero iluminada. Un aldabonazo expuesto en fecha de resacas, y de asunción de nuevos propósitos y desafíos, en lo personal, pero también en lo concerniente a la patria. Por eso, desde su atalaya de papel, Don Federico prorrumpe en una condena vigorosa a la vocinglería política, al trastorno social, y reivindica la necesidad de construir una sólida y vigilante conciencia colectiva.
Cuatro generaciones de la familia Carmona se han traspasado el testigo, a lo largo de 110 años, como timoneles de esta nave. A cada una le ha tocado afrontar etapas históricas diferentes, hacerse cuenta de sus propios retos. Como la mudanza a Barquisimeto, cuando el periódico apenas frisaba los 15 años. La reseña puntual de los desafueros de las dictaduras, con su precio de cárcel sufrida en carne propia y el sueño tronchado de la edición simultánea en Caracas. También la denuncia de los lunares que ha exhibido en su rostro una democracia inacabada. Y, en los últimos tiempos, los delirios de una supuesta revolución plagada de secretismos, regresiones y desplantes autoritarios.
Si algún propósito se ha alojado por siempre en el espíritu de quienes obran este milagro impreso, día tras día, es que EL IMPULSO no deje de ser, jamás, la antorcha de intelectualidad encendida en la culta y procerática capital torrense. Contemplamos como fuente de inspiración, eso sí, un pasado al cual no nos hemos anclado. Lo mejor de nuestra historia está por hacerse, o escribirse, con el concurso entusiasta de toda esta gran familia, que crece en número y compromiso, así como de quienes, de una forma u otra, no escatiman sus aportes, que nos apresuramos a valorar, y agradecer. Es la suma de toda esa vitalidad sostenida en el tiempo, lo que hace posible que EL IMPULSO no sea un anciano achacoso, sino, más bien, un adulto pletórico de bríos y exigentes proyectos por acometer en la hora actual.
Los tiempos que corren, se sabe bien, son complejos, acuciantes. En el mundo, el impensado sacudón digital ha golpeado severamente el negocio de la prensa escrita. Tal fenómeno se ha visto plasmado en la caída brutal de la factura publicitaria y, por ende, en la quiebra de decenas de periódicos en los Estados Unidos y Europa. Incluso muchos medios emblemáticos se han visto forzados a producir despidos masivos, fusionarse, o recortar en forma drástica su tiraje o paginación.
En Venezuela, este trance global nos ha sorprendido con el agregado de los sistemáticos zarpazos de un Gobierno que no cree, o, peor aún, reniega, de la prensa libre, independiente, a la cual procura aplastar, al tiempo que pretende instaurar lo que desde todo punto de vista es un monstruoso contrasentido: la verdad única.
A eso hemos hecho frente, lo saben los lectores, con un denuedo que no podrá ser confundido con necia temeridad. Desde aquí apostamos a la supervivencia del periodismo, del buen periodismo, y de los periódicos, susceptibles de reinventarse. En nuestro caso particular desde el poder nos podrán mezquinar las bobinas de papel, la tinta; quizá nos sigan sometiendo en materia de divisas a un trato discriminatorio, que denunciamos por antidemocrático; pero seguiremos adelante, por encima de las dificultades. Tenemos, todos, la disposición, la inspiración y la capacidad suficientes. Las pruebas han acabado fortaleciéndonos. En fin de cuentas, hay un papel que jamás Gobierno alguno, sea cual fuere su signo, podrá arrebatarnos: el de ser insomnes voceros de los anhelos y merecimientos de los larenses, y, por extensión, de los venezolanos.
Ese es nuestro papel. Nuestro irrenunciable papel, 110 años después.

 

 

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