Arquidiocesana: Transfiguración

Mons. Antonio José López Castillo Arzobispo de Barquisimeto |

Unos ocho días después de ese discurso, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. Y mientras oraba, su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió de una blancura fulgurante. Lucas 9,28b-36

Jesucristo, revela a sus discípulos, cómo va a verificarse su misión Salvadora; y, que para poder llegar a la victoria, deberá pasar por el sufrimiento.

Para ello Él escoge como testigos a aquellos que estarían también presentes en sus sufrimientos: Pedro, Santiago y Juan.

Esta escena recuerda las teofanías que vivieron Moisés y Elías, tanto en Sinaí como en el Horeb: “Y dijo Yahvé a Moisés; yo vendré a ti en densa nube, para que el pueblo oiga cuando yo hable contigo y tenga siempre fe en ti…” (Éxodo 19,9).

Así Jesús, se transfigura gloriosamente, acompañado por Moisés y Elías. Aquella experiencia en un primer momento a los Apóstoles, les infunde temor, ante lo transcendente y lo desconocido, pero luego se expresa en gozo a través de Pedro, maravillado ante la gloria Divina, realizada en Cristo, Hijo amado, como lo proclama la voz que surge de la nube.

De esta manera se ratifica sobrenaturalmente, la revelación que Jesús les había hecho a sus discípulos en cuanto que era necesario, pasar por la muerte, casi un escándalo, para poder llegar a la resurrección, y así participar de la Gloria definitiva: “Entonces Él les dijo: ¡Que poco entienden ustedes y que lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas!” (Lucas 24,25-26).

Este hecho sobrenatural manifiesta a Jesús como la nueva Ley de Salvación.
Esta vivencia de la gloria anticipada de Cristo nuestro Señor, tiene como finalidad el sostener a los discípulos en su participación, en la gran prueba de la Pasión y Crucifixión de Jesús.

El cristiano está llamado también, a transfigurarse en un ser humano con madurez en la fe.

Por supuesto, que ese crecimiento en el seguimiento del Señor, es un proceso de toda la vida, que al mismo tiempo implica un morir al mal, al pecado, para poder resucitar al bien.
Es necesario transformar nuestra sociedad, en una comunidad más justa, más humana, que entienda que solo se puede construir la ciudad terrena, desde los valores de Dios, reflejados en los auténticos valores humanos.

 

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