Arquidiocesana. “Y no nos dejes caer en tentación”

“Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás” (Marcos 1,13)

La tentación vivida en los cuarenta años del desierto, en el Antiguo Testamento, vendría a ser, el no haber creído en Yahvé, el haber preferido las cebollas en vez de confiar en la Palabra de Dios.

Por eso, sólo la generación fiel, llegará a la tierra prometida.

Sólo un pequeño grupo logrará superar la tentación, la prueba desde la cautividad.

Desde el exilio hasta la llegada del Mesías, aquel “resto” debe pasar por la prueba de la esperanza.

La promesa del Reino, parece demorarse en el tiempo.

En ese lapso, aquel reducido pueblo adquiere conciencia de la acción de Satán, príncipe de la mentira.

En esa tentación aparece el sufrimiento del justo. Es una prueba tremenda porque el hombre se ve referido, no sólo a lo imposible, sino muchas veces a lo absurdo. Ya no es sólo la duda a la infidelidad a Dios, sino a la prueba de la humillación y vejación; Cristo se ve tentado igual que Adán y el pueblo elegido.

En el desierto Jesús triunfa de Satanás, el mentiroso. Jesús es el triunfador fiel, es el buen Pastor, que ama a los suyos hasta el fin. La cruz será su gran prueba, pero allí dará también demostración de amor total.

Jesucristo viene a ser el pequeño resto, la porción de aquel pueblo, en el que el Padre concentra su amor predilecto.

Nuestro Señor es servidor. Al llevar sobre sí en la cruz, los pecados de los seres humanos, transforma la tentación en queja filial y la muerte absurda, en resurrección. (Mateo 27,46; Filipense 2,8-11).

Como nuevo Adán, su gran tentación es la de que se pretenda apartarlo por apetencias terrenales, de la voluntad de su Padre Celestial, quien le había encomendado una misión salvífica.

La Escritura nos presenta dichas tentaciones. Veamos “Llegaron la madre y los parientes de Jesús, y quedándose afuera, lo mandaron a llamar. La muchedumbre estaba sentada a su alrededor cuando le dijeron: He aquí que allí afuera te buscan tu madre, tus hermanos y hermanas. El respondió: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: He aquí a mi madre y mis hermanos. Pues quien hiciere la voluntad de Dios, ese será mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3. 31-35); querían referirlo sólo a una pequeña familia, pero Él es familia de todos los que pongan en practica su palabra.

También Pedro, pareciera pretender separar a Jesús del camino de la voluntad del Padre, en efecto: “Debido a eso, Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. En cierto momento, Jesús se dio vuelta y vio a sus discípulos. Entonces reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Aléjate Satanás! Tu no piensas como Dios, sino como los hombres”. (Marcos 3,33) Muchos pretendían que Jesús fuese un vanidoso haciendo milagros, sólo por exhibición: en efecto los fariseos, le piden un signo espectacular, “Jesús dando un profundo suspiro dijo: ¿para qué pedirá esta generación un prodigio? En verdad les digo que no se le dará ninguno. Los dejó y embarcándose de nuevo se dirigió a la orilla opuesta” (Marcos 8,12)

Tampoco aceptó la tentación del mesianismo político, ya que en otra oportunidad habiendo multiplicado los panes y los peces, quisieron comprometerlo políticamente: “Entonces, aquellos hombres, viendo el milagro que había hecho Jesús… y dándose cuenta que se disponían a ir y tomarlo para hacerlo rey, se retiró otra vez, al monte, Él solo” (Juan 6, 14-15).

Además en la misión salvífica, enfrentó la tentación de la agonía final, pues cuando llegó a aquel sitio, dijo: “Oren para que no entren en tentación”. Él se apartó de ellos como un tiro de piedra, se arrodilló y se puso a orar diciendo: “Padre si quieres aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22, 40-42)

Por lo tanto Cristo, vencedor del príncipe de la mentira y tentador, obedece en nombre de la humanidad al Padre, cumpliendo su Santa Voluntad.

De la prueba triunfante de Cristo, surge la Iglesia purificada y justificada por su sangre.

Así la misión de su Iglesia, sigue el sendero de su misma misión. La Iglesia es el lugar de la prueba, ya que es el espacio y el tiempo en el cual, como lo afirma Lucas, la persecución debe fortalecer la fidelidad y lealtad de los creyentes. “Los que están sobre el pedregal, son los que al oír la palabra, la aceptan en alegría, pero no tienen raíz, crecen por algún tiempo, pero al momento de la prueba, se vuelven atrás” (Lucas 8, 13)

Habrá siempre un combate entre vida y fe, en efecto: “Entonces los entregarán a la tortura y a la muerte y serán aborrecidos de todos los pueblos, por mi nombre. Muchos se escandalizarán y los traicionarán, y los odiarán. Pero el que persevere hasta el fin, se salvará” (Mateo 24, 9-13)

Esta prueba de la Iglesia en la fe, revela grandezas, que están ocultas a la persona apegada sólo a lo terreno, al egoísmo; al mismo tiempo manifiesta la responsabilidad de cada quien en la misión que Dios le ha encomendado. Es más, muchas veces todo esto puede culminar con el martirio.

Dios quiere fortalecer en la prueba, la fe de sus hijos, pero el tentador quiere su caída y fracaso. Porque él, solo seduce y acusa, jamás ayuda.

Tampoco hay que buscar la tentación, porque el que juega con el fuego se puede quemar.

La prueba, es pues, compañero de los que ejercen el ministerio de la palabra, para no ser simples mercenarios, así lo dice Tesalonicenses “Dios nos ha encargado su mensaje de Salvación, como a servidores fieles, y se lo veníamos a decir, procurando agradar, ni a los hombres, sino a Dios, que penetra los corazones. Nunca los halagamos con palabras bonitas, como ustedes lo saben, ni usamos pretextos para ganar dinero, esto lo sabe Dios; tampoco buscamos que la gente nos diera honores, fueran ustedes u otros” (1 Tesalonicenses 2, 4-6).

La prueba es una condición indispensable en el fortalecimiento de la fe (Lucas 8, 13).

La prueba, nos purifica. La prueba nos encamina hacia Dios, como seguridad perenne, en medio de los vaivenes de la vida. La prueba nos hace pasar de la primera a la segunda creación en Cristo, muerto y resucitado.

Todos tenemos pruebas que superar, desde la fe.

Todos estamos tentados cada día. Lo importante es que con la Gracia Divina, y el ejercicio de nuestra libertad, luchemos por ponernos del lado del bien, del lado de Dios.

Por ello tratemos de actuar contra el mal, pero procurando orar constantemente, para poner en práctica el deseo de Cristo, incluido en la gran oración del Padre Nuestro: Y no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.

 

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