Hacia la economía de narcotráfico

 

Ante el escapismo del régimen,incapaz de servirle a la verdad yque hace de la mentira su política de Estado;y habiéndose ocupado la oposición democrática, más por inercia que por convicción, de forjar como alternativa única de disenso la vía electoral, urge que los venezolanos veamos, con seriedad y emergencia, el cuadro de ingobernabilidad que nos tiene como presas.
Es irresponsable resumir lo actual afirmando el absurdo, es decir, que vivimos el efecto de la pedagogía de violencia forjada desde los medios de comunicación, cuyo control ahora encarga el mismo régimen a la ministra autora de listas de infamia, que buscan sembrar miedo en quienes discrepan del ejercicio que hace del poder quien en realidad lo controla en Venezuela, su Fuerza Armada.
Con vistas al dibujo de esa realidad cruda que urge trabajar y ha de ser motivo de unaagenda de diálogo “entre venezolanos”, cabe citar, en primer orden, nuestrademencial fractura social y política. La nación acusa anomia desde cuando, por obra misma de una revolución históricamente regresiva que cultiva a la fuerza y procura el Mito de El Dorado, ahoga la idea del primado de la ciudadanía como lazo integrador y social, y se atomiza alrededor de emociones y cosmovisiones caseras.
No nos engañemos al respecto. Cuando se dice que somos una sociedad partida en dos, o al dar a entender que las adhesiones electorales implican pactos sociales estables alrededor de cada uno de sus ejes, se incurre en una ceguera que daña. Ni hay unidad existencial en el gobierno, a pesar de contar con una visión programática compartida – de estirpe violenta y primitiva y modos cubanos adquiridos – y tampocohay unidad opositora real, que no sea la de coyuntura.
En el último caso, cabe decirlo con sentido auto crítico, afirmar que la oposición democrática es unitaria alrededor de la Constitución vigente y por ello la sostiene, es un acto de traición a los mismos ideales democráticos.
Quien la lea con cuidado y a profundidad podrá constatar que, tras las libertades e ilusiones democratizadoras allí escritas hipócritamente, reside un modelo de Estado centralista, personalista, y militarista, que subordina la dignidad humana a la Seguridad Nacional. Es la antítesis delgobierno civil que predican nuestras Constituciones de 1811 y1961.
No hay espacio para la paz y sí motivos para la violencia, en conclusión, allí donde los venezolanos nos hemos desparramado hacia nichos primitivos, que se excluyen y desconocen unos a otros, sin sentido de pertenencia eidentidad común.
El otro asunto para la agenda es el agotamiento de la capacidad de corrupción y de simulación por el mismo Estado de un bienestar populista fundado en la dilapidación, no productiva ni reproductiva, de la menguada riqueza petrolera.
La relativa estabilidad de la Revolución Bolivariana, que congela la movilidad política propia de la Venezueladel siglo XIX y XX, donde el apoyo popular cambia de manos dictatoriales o democráticascada cierto tiempo, se explica en la igual estabilidad de los ingresos del petróleo y su manejo sin controles, que ya no es tal.
Al ceder y haberse malbaratado criminalmente, en 15 años de francachela revolucionaria, los 750.000 millones de dólares producto del oro negro; al castrarse con saña el aparato productivo con expropiaciones que afectaron más de 1.000 establecimientos comerciales e industriales; al término resta la inopia de nuestro presente. Como pueblo somos hilachas, medramos dispersos, somos ex ciudadanos quienes no nos vemos como hijos de una misma cultura e igual destino.
La moneda se devaluó desde 37 Bs. hasta 6.300 Bs. por cada dólar americano; la inflación llega a 56%; aumentaron los precios de los alimentos en 74%; la escasez de éstos y las medicinas alcanza a un 23%; y se acabaron los dólares para comprar lo que no producimos, que es casi todo. Esa es la cruda realidad que busca silenciar el régimen.
De modo que, sobre esos pedazos de territorio social sin capacidad siquiera para amalgamarse – como hasta ahora – lucrándose del Estado, lo que queda en Venezuela es otro monstruo que nace y crece a partir de 1999, y es el último y más grave asunto que hemos de considerar como herencia ominosa.
Nuestro territorio ha sido ocupadopor la economía del narcotráfico. Ella, aprovechando la tolerancia del régimen – el pacto con las FARC – y la distracción de una sociedad que decidió mirarse en el ombligo, por agobiada y frustrada, nos empuja al abandono de nuestros hogares. ¡Y es que en medio de la bonanza fiscal – ya exhausta – nos transformamos en el colectivo que más muertes violentas produce en Occidente. Las víctimas suman más de 200.000 personas. Y al tema de la droga le huyen los políticos y de suyo la opinión pública.
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