#Editorial: Amnistía malandra

El Gobierno, humanitario repartidor de amor, muestra el más tétrico de sus rostros frente a la disidencia.

Es fuerte, arrogante e implacable al aplastar las protestas con plomo, metras, tanques, métodos de tortura, detenciones arbitrarias, allanamientos. Apenas alguna comunidad, casi siempre pobre, desasistida, y, sobre todo, desarmada, toma la calle porque llevan semanas enteras sin agua, luz o gas doméstico, enseguida aparecen los enviados del humanismo socialista, no prestos a atender los reclamos sino a disolver la acción, “como sea”, aunque el malestar quede allí, latente, acrecentado, vuelto rabia.

El Gobierno es furioso, virulento, a la hora de echar de sus casas a familias de la frontera, niños incluidos, forzados a atravesar ríos con sus escasas pertenencias al hombro. Es vehemente, arrebatado, en sus arengas a librar una guerra improbable con su más confiable y cumplidor cliente petrolero. Se le nota ardoroso cuando amenaza y tilda de ladrón y fracasado en sus negocios al empresario que más alimentos produce en el país. Es poderoso para “ponerle los ganchos” (frase presidencial) a tuiteros incómodos. A un grupo de personas que abucheó en la playa a la esposa de un oficialista endiosado. A estudiantes que repartían en las colas de un Bicentenario, en Caracas, un mensaje que decía: “No te acostumbres, podemos vivir mejor”. El Gobierno es valiente para llevarse presa a una periodista de este diario sólo por preguntar a militares por qué maltrataban a personas de la tercera edad, y hasta a un minusválido, cuando se sometían a la humillación de una cola que llevaba largo tiempo estancada, a pleno sol, en el Centro Comercial Las Trinitarias, de Barquisimeto.

Pero ese mismo Gobierno es terriblemente débil de cara al hampa, en un país donde el crimen es la única industria floreciente. ¿Dónde estaba ese Gobierno bravucón, en qué oscuro y apartado rincón se guarecía, cuando los pranes de Margarita le daban su atronador y bélico adiós a “El Conejo”, sobre el techo de la cárcel, con las ráfagas de sus fusiles de asalto?

¿Dónde estaba la autoridad el jueves cuando el jefe de una banda implantó el toque de queda en Maracay, en señal de respeto a su “lucero” (custodio), delincuente con amplio prontuario, abatido por el Cicpc? ¿Dijo algo, acaso, el intemperante Gobierno, respecto al ultimátum lan- zado por “El Chino Pedrera”, en el sentido de que la policía no debe dar muerte a ningún otro “inocente” de los suyos?

¿Dónde estaba el Gobierno la tarde de ese mismo bochorno cuando en Quíbor fue lanzada una granada fragmentaria Maisanta, de las que fabrica Cavim, como represalia contra comercios que se resisten a pagar “vacuna”? Aunque las armas habrían sido recuperadas, ¿cómo es que se produce ese curioso asalto al Destacamento de la Guardia de Honor en La Victoria, de donde se llevaron 21 fusiles, pistolas, cargadores, y de paso, en su huida, un vehículo Toyota identificado con logotipos del Gobierno Bolivariano? Y ¿por qué la rudeza oficial se torna en laxitud cuando una banda conformada por 50 hombres armados (pistolas, armas largas de alto calibre, granadas) implantó su ley en Las Sábilas, en Barquisimeto? Llegaron de madrugada, dispararon a mansalva, rompieron puertas, ventanas y rejas, robaron lo que se les antojó y les ordenaron desalojar el lugar. Esa noche, en un suceso aparentemente aislado pero que retrata la orgía criminal en que estamos inmersos, a una señora de 90 años la encontraron estrangulada, en su propia cama, allí mismo, en Las Sábilas.

Es cruel, lacerante, ver cómo reniega el Gobierno de la Ley de Amnistía, mientras el hampa que le pone precio de “vacuna”, despojo y terror a nuestras vidas, cuando va a la cárcel se rodea de lujos y placeres. La vida en este país vale lo que vale, por ejemplo, un teléfono celular, cualquiera está expuesto a que lo dejen tendido en un charco de sangre por una cadena, un reloj, un vehículo; pero el hampón obra con absoluta impunidad y hasta desafía al Gobierno. Es que aquí opera, de facto, para ellos, perdón, gracia. Es la más aberrante versión de las amnistías no declaradas. La que protege al bandolero.

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