Editorial 27-04-2015

En Contacto con Maduro, el Presidente de la República contó una anécdota sobre la primera dama. En realidad, más que una anécdota se trataba de un momento muy específico de su vida, cuando la madre de la “primera combatiente”, junto a sus hijos, se montó con sueños y esperanzas en un autobús, con destino a Caracas, en busca de un mejor futuro. El Presidente intentaba explicar que esfuerzos y sacrificios le permitieron a su ahora esposa, salir adelante, y, acotó, “no había misiones”, por lo cual, en su teoría, la tarea fue más dura.

No había misiones, es verdad, pero cuán grande era un país como Venezuela que permitió a una joven aferrada a sus ilusiones, estudiar y progresar. Si las cuentas no fallan, todo eso ocurrió en la Cuarta República. Pero no sólo la primera dama lo logró, también su esposo, hoy mandatario nacional, e incluso el fallecido Hugo Chávez, quienes conocieron las bondades de una nación desdibujada ahora en el sentimiento de los jóvenes. Los estudiantes se iban pero para volver. El sistema de becas de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho permitió forjar una generación de relevo que salía y regresaba porque no existía ninguna razón para quedarse lejos de la patria. Los extranjeros, españoles, portugueses, italianos, entre otros y entre muchos, consiguieron en las oportunidades y la cordialidad de nuestra gente, estímulos para escoger el país como su tierra. Tanto es así que a pesar de crisis y amenazas son pocos quieneshan optado por el regreso. Repetimos, no había misiones, pero sí una certeza: con trabajo era posible la superación. La clase media se consolidó y se forjó una pujante estructura empresarial, convencida del Hecho en Venezuela. El orgullo de padre y madre era ver a su hijo bendecido con un título profesional y nadie imaginaba que pudiera cambiar el grado universitario por el lucrativo oficio de “bachaquear” porque, entre otras razones, ser médico, profesor o ingeniero garantizaba una vida digna.

No había misiones en la Cuarta República, pero sí un país que premiaba la constancia, el trabajo, el estudio y las ganas de progresar.

Hoy ese país se ve señalado en su esfuerzo. En ese mismo En Contacto con Maduro, del cual se cumplirá mañana una semana, el Presidente de la República se encargó de descargar su furia contra los empresarios, héroes en medio de la adversidad, a quienes, además de señalar con calificativos impublicables (así se digan en horario Todo público), los amenazó con no darles ni un dólar más (en concreto se refirió a Fedecámaras, obviando que es una organización sin facultades para recibir divisas). Pero además cerró las puertas del diálogo como quien se cree con la autoridad de manejarnos al son del capricho. Prometió un “revolcón” y combate contra la “guerra económica”, mientras, con cada palabra, alejaba la posibilidad de una rectificación.

La realidad, mientras tanto, se expresa en un cuadro grotesco: largas colas a las puertas de los mercados (ahora también le tocará a las farmacias) o vidas perdidas en la “casualidad” del malandro del turno quien mata porque ya no le basta robar.

No había misiones en la Cuarta República pero existía un país que se parecía a la palabra esperanza e hizo posible que con solo soñarlo se pudiera ser empresario, ministro, primera dama o Presidente. Ese país se llama Venezuela y hoy, a pesar de sí mismo, resulta obligante rescatarlo del extravío para poder recuperar las ganas de estar aquí.

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