Editorial: ¡El mundo al revés!

El periodista Antonio Caño, director del diario El País, de Madrid, ha expuesto lo que califica como ocho compromisos con los lectores.

El primero es que no someterá al periódico “caprichos o vaivenes ideológicos personales”. Confía en que el público podrá percibir esos valores. Una vocación de transparencia que convive con el carácter ético al que está obligado a ceñirse todo medio de comunicación social, dada su delicada misión, lo lleva a proclamar que en las páginas de El País no encontrarán lo que buscan, los partidarios de un periódico “activista, militante o sectario”.

Estos principios así expuestos, pese a su claridad, pudieran ser entendidos como la postura del timonel de un diario que evita fijar posición en los asuntos políticos, para no aparecer inclinado hacia uno u otro bando. En eso se basan los propulsores de la tesis del “equilibrio informativo”en Venezuela. No es así, porque cuando Caño expone su compromiso número seis, deja sentado esto: “En las circunstancias actuales, El País debe también contribuir a la transición hacia la democracia en países como Cuba o Venezuela. Como entonces, somos un periódico que pretende representar las aspiraciones de los ciudadanos, especialmente de la clase media, a la modernización, la libertad y el progreso”.

“Transición hacia la democracia”, de eso se trata. Un medio de comunicación social que se precie de tal, no puede desentenderse de los peligros que acechan a las libertades públicas e individuales. Cuando una sociedad entera es vaciada de sus valores democráticos y es arrastrada, a sangre y fuego, hasta los altares de ideologías comprobadamente fracasadas a lo largo de la historia, con su cruenta y dolorosa secuela de atraso, miseria y violación sistemática de los derechos humanos, ningún medio responsable tiene derecho a aparecer distraído, y menos aún connivente o, sencillamente, cómplice de aberraciones que se configuran en política de Estado.

Eso lo ha entendido EL IMPULSO desde siempre. Por ello hemos preferido alargar la mano suplicante hacia los hermanos editores colombianos, en procura de las bobinas de papel que nos han faltado, antes que tarifar nuestra línea editorial, libre de compromisos con partido político o proyecto alguno, pero sí raigalmente aferrada a la defensa de los más sagrados intereses de una patria tomada por asalto, arrasada y oprimida a punta de fusiles, amenazas y el sórdido e incurable resentimiento exhibido desde el poder.

Deploramos la negra etapa que vive la prensa, hoy, en Venezuela. La más dura, aun si se la compara con otros ejercicios despóticos. Condenamos la censura y, por igual, la autocensura. El hecho de que la plataforma comunicacional del Estado sea convertida en un aparato de propaganda al servicio del Gobierno. El despido de directores de medios, tan pronto son blanco de la ira oficial, caso de Diario Líder. La venta en oscuros pasadizos de impresos y canales de televisión, que enseguida se arrodillan, y evaden, al mimetizarse, el acoso al que sus anteriores dueños se veían sometidos por los entes reguladores. Rechazamos que los voceros del PSUV difamen de todo quien proteste, o disienta, ahora incluso a través de las redes sociales, y que, además, dicten la línea a seguir a los órganos de justicia, como acaba de suceder con la socorrida especie del supuesto magnicidio. Y, sin medias tintas, repudiamos que se exponga a los medios en la forma en que lo hace Nicolás Maduro. Según él “hay complicidad por la actitud de estos medios de comunicación para tapar el asesinato de un Presidente. ¡El mundo al revés!”

En eso tiene razón. ¡El mundo al revés! La propia fiscal reconoce que según el COPP las “pruebas” difundidas por Jorge Rodríguez son “reservadas”, no pueden estar en manos de terceros, pero, se excusa, “se trata de la paz del país”. ¿La paz de quién? Porque la nación se desangra, hundida en sus miedos y frustraciones. El promedio en Venezuela es de 48 homicidios por día. Nada más en Lara mayo cerró con 65 crímenes, pese a todos los planes y recontraplanes de seguridad que de tanto en tanto son puestos a andar. Ya aquí son comunes los triples y cuádruples homicidios. Las fotos que toman nuestros reporteros muestran a madres con sus pequeños hijos terciados en las caderas, observando la masacre del día. Pero la única seguridad, la única vida que importa, es la del Presidente. En su caso la intención de liquidarlo es una tesis, que todos sus anillos de seguridad podrán sortear. En lo concerniente a tantos que caen abatidos todos los días, lo único seguro es que un hogar quedará deshecho. Incluso el cristiano acto del sepelio tropezará con el inconveniente de que nuestros cementerios no tienen cemento para las placas que sellan las fosas.

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