#Editorial: Es negligencia, no saboteo

Una vez más, el Gobierno oculta, y manipula, la realidad de una de las crisis que más estropean en estos días la calidad de vida y la paciencia de los venezolanos.

Superados por absurdos y poco creíbles los cuentos de los papagayos, iguanas y rabipelaos para explicar por qué a cada instante se producen apagones, la falta de imaginación gubernamental no da más que para volver sobre la manida tesis del sabotaje, así como la escasez de los productos pasa a ser consecuencia de la fulana “guerra económica”, argumento que según las encuestas la gente no compra y por eso quedó descartado en las más recientes peroratas oficiales.

El ciudadano común percibe la falta de sinceridad, la escasa transparencia, la opacidad. De allí que no sea casual el poco crédito que se da a la palabra presidencial, que por su peso debería ser ductora, orientadora. Sólo así suscitaría seguridad, sosiego, en la opinión pública.

Por eso Nicolás Maduro decepciona cuando usa la vasta plataforma mediática a su entero servicio para exclamar: “Ayer nos sabotearon una planta muy importante en el Zulia y hoy en Falcón, pero nada podrá con nosotros, ríndanse terroristas, es lo que les queda. Hagan lo que hagan el seis de diciembre la victoria es de la Revolución”.

El país no se merece semejante adulteración de los hechos, un parloteo tan falto de seriedad, tan ladino. Lo prudente, lo sensato, es que la nación reciba un informe técnico detallado, verificable, sin aderezos políticos ni insinuaciones maniáticas, a modo de especificar cuál es el estado actual del Sistema Eléctrico Nacional, y, lo más importante, qué se está haciendo para atacar sus notorias y graves deficiencias.

Un reciente estudio de la Comisión Eléctrica del Colegio de Ingenieros de Venezuela plantea que la actual crisis del sector es el resultado de privilegiar lo político sobre lo técnico y económico. Lo prueba el estruendoso pero previsible fracaso de la audaz pasantía de Jesse Chacón en el ministerio de Energía Eléctrica. Cuando asumió el cargo, en abril de 2013, se atrevió a ofrecer: “Si en cien días no hemos logrado nada, pongo mi renuncia”. Este licenciado en ciencias y artes militares antes de ocuparse de megavatios y de los parques hidroeléctrico y térmico, pasó por Conatel, por el ministerio de Comunicación y por el del Interior, despachos que ninguna relación guardan entre sí, ni tienen que ver con su formación académica.

En 1999, Venezuela contaba con una de las industrias eléctricas más desarrollados de la América Latina, con participación del Gobierno y de la empresa privada. Había un moderno parque de generación, así como una red de transmisión de alta tecnología. La distribución abarcaba 96% de la población y a casi todo el territorio.

Pero, advierte el gremio de los ingenieros venezolanos, el área fue desprofesionalizada. Se ha incurrido en un profundo desprecio por los criterios y protocolos técnicos. En la contratación del personal gerencial y técnico priva la lealtad política. Hoy la industria eléctrica es financieramente deficitaria. Los ingresos por tarifas no cubren la nómina. Un dato que debiera parecernos insólito: El Estado venezolano es el principal deudor de Corpoelec, organismo que en su memoria y cuenta ha llegado a revelar que no dispone de recursos suficientes para ejecutar

Proyectos iniciados o por iniciar. La construcción de la hidroeléctrica de Tocoma está paralizada. En La Vueltosa falta por instalar una tercera turbina de 257 MW. Aproximadamente 68 % de la capacidad de “generación distribuida” está indisponible, al igual que 50 % de la capacidad de generación térmica instalada.

De manera que el problema no es el fenómeno de El Niño, ni una derivación de saboteo alguno. Es una crisis seria, crónica, sobre la cual no se está diciendo la verdad. Es un gigantesco drama que no es encarado con un sentido profesional, propio de un asunto de Estado. Por eso la credibilidad oficial también encara un prolongado apagón.

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