Editorial: Es una catástrofe

Este domingo los consecuentes lectores de EL IMPULSO se extrañarán al ver la portada de la revista Gala impresa no en papel glasé, o satinado, sino en el que usamos para la edición del periódico.

Nos apresuramos, por tanto, a ofrecer, a todos, nuestras excusas. Los llamados de alerta que desde aquí hemos formulado, amplificados por los comunicados que suscribieran el Bloque de Prensa Venezolano (BPV) y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), no han alterado, en absoluto, la insensibilidad del Gobierno, ante la escasez del papel y demás insumos que, por no producirse en el país, es preciso importar, y son indispensables para la circulación de la prensa escrita.

Primero nos vimos forzados, en octubre, a reducir los cuerpos de este diario. Fue un episodio doloroso, como es fácil comprender. Ahora le toca sufrir las consecuencias de las discriminatorias e inclementes trabas de Cadivi, a la hora de conceder divisas preferenciales, a uno de los productos más exitosos de esta casa editora, una publicación que se ha tornado habitual en el hogar y en las oficinas, y circula cada domingo encartada en EL IMPULSO.

Por nuestra parte, hemos cumplido con todos los trámites legales, y así lo declaramos. Jamás esperábamos privilegio alguno, sino lo estrictamente justo, lo procedente. Nos hemos sometido a un protocolo engorroso, a una despiadada batería de alcabalas, plagada de incertidumbre, silencios, excusas, postergaciones, ruleteos y muestras de una salvaje ineficiencia. En medio de ese agotador proceso, Indepabis decidió practicar una inspección a la sede del periódico. Sirvió para que se dejara constancia, por escrito, de que, en contrario a las contumaces mentiras propaladas por un diputado larense, la sequía de dólares era cierta.

Al fin, con marcado e inexplicable retraso de meses, pudimos completar las solvencias requeridas para que el Ministerio de Industrias active la solicitud, en Cadivi, y, mientras vemos cómo en nuestros talleres se agotan inexorablemente los inventarios, el órgano regulador de las divisas no acaba de desbloquearnos el acceso a la página web, paso que en circunstancias normales consume de 24 a 48 horas, a objeto de iniciar la otra parte del calvario burocrático.

A lo largo de todo el año 2013, reiteramos, a EL IMPULSO no se le ha asignado un solo dólar oficial. Los tiempos corren y los compromisos, cada día que pasa, se vuelven acuciantes. No es nuestra intención fatigar a los lectores con una relación de los sacrificios económicos que, en efecto, esto ha representado, puesto que a los proveedores no se les puede atender con un reciclaje de pretextos. Sin embargo, estimamos que callar semejante arbitrariedad, aparte de constituir un vergonzoso acto de cobardía, redunda en convalidar un cuadro de injusticias que lesiona a muchos sectores de la vida nacional. Bastaría citar, por ejemplo, la situación planteada, no con artículos de lujo sino con los repuestos de vehículos, las medicinas, las maquinarias, dentro de una lista de privaciones que se contraponen a la palabra del presidente Nicolás Maduro, quien en reiteradas oportunidades ha proclamado, con toda solemnidad, que “el país tiene divisas suficientes”.

Entre agosto y septiembre, cuatro diarios de provincia bajaron sus santamarías. La edición de libros se paró en seco. Las revistas especializadas se volvieron prohibitivas. El presidente del Colegio Nacional de Periodistas, Tinedo Guía, dio cuenta de que por lo menos 38 periódicos del interior han mermado su paginación, con miras a no desaparecer. La Constitución venezolana consagra entre sus postulados el derecho de acceso a la información. Los pactos internacionales, de los cuales somos signatarios, lo inscriben entre los derechos humanos universales. Todos esos hermosos e inspirados principios se tornan letra muerta si a los periódicos se les niega el papel. En cualquier sociedad civilizada y democrática del mundo, semejante eclipse en la libertad de expresión, que ampara, en primer lugar, al ciudadano; tal secuestro del libre juego de las ideas, es, simple y llanamente, una catástrofe.

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