Editorial: Eso es lo que hay

La popular expresión que nos sirve para el título, se le desprendió hace poco a uno de los personajes del poder.

Nadie menos que el responsable de la propaganda y de la contrapropaganda del Gobierno, el empecinado propulsor de la “hegemonía mediática”, apeló a esa excusa, drástica y desoladora, precisamente para describir la adversidad electoral que rodea, justo en la hora de la verdad, a la pretensión de continuismo del presente desastre gubernamental.

No se trata sólo de una tarima impresentable. El reclamo, es fácil advertirlo, escondía una irritación mayor. Resumía un malestar que va mucho más allá de ese detalle, que pudo ser insignificante en otros tiempos de gloria. En tiempos en que masas enfebrecidas acudían a escuchar la palabra, ahora devaluada, del elegido de la revolución.

Eso es lo que hay. Cansancio. Vacío de seguidores, baches que se trata de rellenar a como dé lugar con los transportados desde los más remotos lugares del país, en los autobuses de una Pdvsa que debería estar dedicada más bien a evitar catástrofes en las refinerías y a rescatar tantos cientos de taladros desactivados, como muestra de una monstruosa desidia que por nada del mundo debe continuar.

Eso es lo que hay. Un mensaje oficial repetitivo, generador de hastío, anclado en lo peor del pasado, incapaz de despertar una sola esperanza cierta, de cara a un futuro con el cual no encuentra conexión alguna. Eso es lo que hay. Una nación firme, resuelta, puesta de pie, en plan de reclamar el destino dado a una bonanza desperdiciada en los delirantes altares de una demagogia criminal.

Los últimos cartuchos gastados no pueden ser más reveladores del revés presentido, retratan esa fría atmósfera que se apodera de Miraflores. Eso de echar garras a herramientas como la del miedo, con miras a la disuasión, para lograr el inmovilismo social, y por esa vía, la abstención electoral, deja al descubierto una verdad del tamaño de una catedral: mientras más robusta sea la expresión comicial, mientras más gente acuda a las urnas el siete de octubre, menos posibilidad tiene la mentira de triunfar.

Esa táctica desesperada hizo aguas. Se descalabró. Como le ocurrió también al expediente de comprar conciencias en el mercado de líderes con debilidades morales. Son los recursos que encuentra lícitos un poder en permanente connivencia con la corrupción, con la falsedad, con la perversión.

Y qué es lo que hay del otro lado. Un ideal atado a perspectivas concretas. Una promesa serena. El compromiso de rescatar los valores del trabajo, del estudio y la superación, del respeto, de la paz, de la convivencia, tan caros para cualquier nación del orbe. Hay, por encima de todo, la necesidad imperiosa de rectificar. A menos que los venezolanos hayamos optado por el suicidio colectivo, en nombre de banderas que no son las nuestras, de causas ajenas, es llegado el momento de decir basta a tanto libertinaje, al descaro hecho Gobierno, a esta feria de vicios a cuyas sombras medran traficantes disfrazados de rojo, en perjuicio de un pueblo ofendido, que lo merece todo, y al cual sólo alargan migajas, las sobras, y es sometido, ahora, a la más mortal de las indefensiones.

Eso es lo que hay. De un lado la tragedia que un puñado de aprovechadores ansían perpetuar. Y, por el otro, un sueño que puede y debe ser construido entre todos. Sin miedo. Sin más tardanza.

 

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