#Editorial: ¡Feliz Navidad!

En algunas ocasiones, la época de la Navidad ha sorprendido a los venezolanos con el ánimo deshecho, apesadumbrado. La aspereza política, los terribles zarpazos de la violencia, así como la propagación de la desesperanza en lo más sensible del tejido social, clausuraron hasta la fe en nosotros mismos. Nos llevaron a pensar que, frente al engreimiento y la fuerza de la sinrazón, todo estaba perdido. Era muy poco cuanto podíamos hacer. En coyunturas tan lastimosas, hasta la expresión ¡Feliz Navidad! sonaba inoportuna.

Pero el desconcierto, la contradicción, no son fenómenos propios del venezolano, ni se ajustan exclusivamente a la hora histórica que vivimos. Ha ocurrido, incluso, con la misma celebración de la Navidad. Esta festividad, cuya importancia en el cristianismo es equiparada con la Pascua de la Resurrección y el Pentecostés, no figuró en la lista de las solemnidades del Ireneo, tampoco en las de Tertuliano, reputadas como las más antiguas. Es más, el Pentecostés, que judíos y cristianos han perpetuado, tiene para unos y otros un origen disímil. En el caso los judíos, conmemora la entrega a Moisés de las Tablas de la Ley, los Diez Mandamientos, en el monte Sinaí, o monte Horeb, justo cincuenta días después de acaecido el Éxodo. (Por cierto, la palabra pentecostés, de origen hebreo, significa cincuenta). En cuanto a la tradición cristiana, tiene que ver con el descenso del Espíritu Santo, como “ráfaga de viento impetuoso”, sobre los Apóstoles, a quienes Jesús, antes de su Ascensión, había ordenado no apartarse de Jerusalén. Este acontecimiento marcaría el nacimiento de la Iglesia.

Aunque quizá la peor contradicción, o contraste, es la de hacer de la Navidad un festín de excesos y lujos. La modesta escena del nacimiento del Niño Jesús, en las privaciones de un pesebre, forzada hasta ser convertida en excusa para el derroche, la ostentación, el desenfreno.

Navidad, no está de más subrayarlo, es espacio para el recogimiento espiritual. Forma parte del Tiempo de Navidad, el cual abarca entre otras evocaciones la relativa a la Solemnidad de María, Madre de Dios, el primero de enero. Es, por luminosa coincidencia, la fecha del aniversario de EL IMPULSO. El primer día del 2016 nos recuerda la fundación de este diario, hace 112 años, en la procera y muy levítica ciudad de Carora.

Pese a que el país, en 1904, se abría a un largo período de paz, saludado como “halagüeño auspicio” en la primera nota Editorial, tampoco dejaba de ser azaroso aquel ciclo de la historia patria. Entonces, la nación, que venía de padecer una trágica sucesión de guerras y coartadas levantiscas, atizadas de continuo por las aventuras del personalismo, y del caudillismo, suspiraba, al fin, hundida de repente en un soplo de paz que todos entendían era preciso conservar, o, mejor aún, cultivar.

En eso nos encontramos ahora. Recobrada la sindéresis, Venezuela acaba de pronunciarse a favor de un cambio no sólo en cuanto al repertorio de funcionarios que la ultrajan. Luego de casi dos décadas perdidas, onerosas, absurdas, la nación exige una sustancial rectificación de rumbo. El rescate de la institucionalidad. El imperio de la ley. La reposición de la paz, no la de los sepulcros, y el reconocimiento del otro. El brillo de los valores inherentes al trabajo, la superación, la honestidad.

La erradicación del abuso del poder, de todo signo de impunidad. No será sencillo, ni rápido, honrar el anhelo colectivo de corregir los errores de la democracia, o los que se derivan de su negación, con el ejercicio de más democracia; pero las piedras que de seguro están por aparecer en el camino le imprimirán más mérito y solidez a las tareas que nos aguardan como ciudadanos. La conquista de la libertad jamás ha sido empresa fácil.

Es, pues, hora de enderezar el ánimo en estas pascuas. Otras veces hemos podido, por qué ahora no. Nuestra fe no debe permanecer clausurada un día más. Exclamemos todos, sin asomo de prejuicios, enlazados en un abrazo fraterno, el pecho inflado del más puro orgullo venezolano: ¡Feliz Navidad!

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