Editorial: La resolución 058

Uno de los vicios más reprochables del Gobierno es desconocer la voluntad de la nación, cuando le es adversa a sus planes totalitarios.

Ocurre con su nefanda pretensión, ya en marcha, de adoctrinar a los niños desde los propios salones de la escuela.
Ya no se trata sólo de imponerles a los adultos el pensamiento de quienes detentan el poder, con el uso de todos los aparatos y recursos del Estado, incluyendo tanto el señuelo de las ayudas sociales como la persecución policial o judicial, sino que se va más allá, al invadir la capacidad de raciocinio de quienes apenas despiertan a la vida y sus complejos dilemas.

“Sí estamos ideologizando la educación, ¿y qué?”, fue el desplante con el cual Aristóbulo Istúriz, entonces ministro de Educación y Deportes, quiso cortar de cuajo la sensible polémica desatada en el país sobre la delicada materia.

Pero la sociedad venezolana se hizo sentir con inédita determinación. Bajo el lema “Con nuestros hijos no te metas”, surgido, por cierto, desde las páginas de EL IMPULSO, en el año 2002 padres y madres (éstas especialmente) expresaron en las calles, al calor de marchas memorables, jamás superadas, su radical oposición al contenido del tristemente célebre decreto 1011.

El Gobierno, que gusta llamarse humanista, trató de acallar la protesta en la forma en que mejor sabe hacerlo: con sus bombas lacrimógenas, el despliegue de tanquetas y ballenas, y la criminalización de los descontentos. Pero no pudo. Debió enrollar y guardarse su decreto, aunque era fácil advertir que, conforme a la irrespetuosa naturaleza de su estilo, más tarde, en la primera ocasión que encontrara, volvería por sus fueros.

Y así fue. Sin mucha bulla, los textos escolares fueron revisados, y mutilada la historia, habiendo sido borrados prácticamente los siglos XVI, XVII y XVIII. Además el nombre de José Antonio Páez, uno de los fundadores de la República, fue proscrito, por “traidor”. Materias como la formación moral y cívica debieron ceder su espacio al estudio del socialismo. La educación católica ha sido sistemáticamente vapuleada. A los colegios privados se les ha asfixiado por la vía de un férreo control a la matrícula. Asimismo, las computadoras “Canaimitas”, ensambladas en Venezuela y distribuidas entre los estudiantes, están cargadas de propaganda encaminada a exaltar al héroe de la revolución, en los términos de erigirlo en el verdadero padre de la patria. Prácticamente la historia de la República comienza con él. Gracias a su poder visionario y sus hazañas.

Así se abonó el terreno para el zarpazo que venía, uno concebido y echado a rodar con una saña mayor. En una atmósfera electoral, la menos apropiada para debates de tan elevada monta, la resolución 058 del Ministerio de Educación se propone dinamitar los obstáculos que ha tenido todos estos años el Gobierno para confiscar, ya no fábricas y terrenos, sino la propia institución escolar, como un todo.

Se crean los Consejos de Educación, ideados para disolver a las sociedades de padres y representantes y poner contra la pared a los propios directores de las escuelas, así neutralizados por la tumultuosa vocería de los consejos comunales, a los que se empuja a enfrentarlos como si se tratara de enemigos.

En un país con más de 26.000 colegios que abarcan desde el preescolar hasta el bachillerato, más de 500.000 docentes y siete millones de estudiantes, a la ministra Maryann Hanson le parece suficiente el revelador argumento de que, según ella, fueron “consultadas” 5.000 personas, en asambleas.

Ya se sabe que el Gobierno confunde consultar, ejercicio que implica escuchar, estar abiertos a rectificar, con el acto de participar sus inapelables decisiones. El régimen, que otra vez sigue los pasos de Cuba, sabe la repulsa que despierta este proyecto conculcador. Pero es preciso no bajar la guardia. Ya antes debieron ceder y ahora no ha de ser distinto. La razón es la misma.

No hay espacio para la desesperanza, que de continuo va tomada de la mano con la apatía. No es hora de desmayar, y menos cuando se trata de moldear la conciencia y personalidad de nuestros hijos.

 

 

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