Editorial: La “sorpresa” de la ministra

No se le podrá negar al actual Gobierno que es perseverante. Se mantiene obstinadamente firme en sus ideales. De manera que sobre la revolución podrán decir de todo los detractores, menos que ha traicionado sus más caros principios.

Es que la invocación de la muerte, la apología de la perversidad y el apego a la mentira han estado presentes desde sus mismos inicios. Desde el célebre juramento ante una Constitución “moribunda”, el 2 de febrero de 1999, cuando era sepultado el Congreso que servía de marco al ungimiento del nuevo padre de la patria, para que ese año inaugural cerrara con la convocatoria a referendo constitucional, efectuado en medio del llanto y la desesperación que provocara el peor desastre natural del siglo XX en el país, el deslave de Vargas.

Esa tragedia, con su jamás precisado índice de muertes y desaparecidos, dejó tatuada una cicatriz cruel e imborrable en la memoria de nuestras miserias más pavorosas, y aunque no puede ser atribuida a negligencia oficial, resulta irrefutable que de cara a las urgencias humanitarias y al luto que la catástrofe decretaba, privaron más la ambición de poder y la indolencia; la conservación, intacta, de la agenda electoral, así como la irritante arrogancia que llevó a rechazar la ayuda internacional, sobre todo la del “Imperio”, pese a haber sido expresamente solicitada por el Ministerio de la Defensa. Dos navíos ya en alta mar con 450 ingenieros de la Armada estadounidense, tractores, buldóceres y maquinaría de ingeniería, debieron devolverse. Venezuela no necesitaba personal adicional, despreció el Presidente.

Esa actitud envanecida, despiadada y tramposa, se ha mantenido imperturbable. Se pone de manifiesto, en todo su derroche de ultraje, cuando funcionarios que debieran rendir cuentas de sus monumentales fracasos, se aferran por lo contrario a la excusa de que el aterrador cuadro de inseguridad que padecemos es obra del capitalismo. Si la violencia crece cada día, la conclusión es obvia.

Este ensayo de socialismo es apenas una estúpida ficción que brindó una bandera con las franjas del oportunismo a un tropel de resentidos oscuros y decadentes, para asaltar el poder en nombre de valores que han sido pisoteados. Valores esenciales, ligados a la propia vida, a la justicia. Un ejercicio de precisión lleva a advertir que lo correcto no es plantear que bajo este Gobierno ocurren tragedias, sino que el Gobierno es en sí mismo una entera tragedia. ¿Es que, acaso, puede ser representada peor fatalidad que la de aquella nación en que sólo la existencia de un hombre puede ser exaltada por su valor real, o simbólico?

En las borracheras de esta paranoia que cobra cuerpo en el tejido social, en este ambiente tan plagado de sombras, fetichismos y displicencia frente a la vida y los asuntos de la fe, ¿es eso lo que alcanzó a interpretar el hombre que mató a su madre en San Cristóbal, tras cortarle brazos y piernas, y quemarla, convencido de que así atendía un “mensaje del más allá”, por la salud del mandatario?

Esta apoteosis maligna, invocadora de la muerte, no se reduce a ceremonial tan turbador. Está impresa, asimismo, en la corrupción que en grosero banquete dilapida los fondos públicos y defrauda la esperanza de los pobres. Se patentiza en un país postrado, hundido en incertidumbre. En esta potencia de penurias. En la tragedia de Amuay, sin esclarecerse, cinco meses después. En las masacres de Yare y El Rodeo, que avisaron sobre lo que habría de ocurrir hace apenas unas horas en la cárcel de Uribana, con saldo de más de 50 muertos.

La requisa “controlada” para el desarme fue anunciada en su propia voz por la ministra. 12 tanquetas y tanques de guerra rodearon desde temprano el centro penitenciario, lo cual generó la natural tensión dentro y fuera del penal. Y el director, en persona, anticipó un día antes la acción militar. Pero la ministra, en un intento por desconocer las consecuencias de su cruenta torpeza, descargó su frustración contra Globovisión y la página web de EL IMPULSO. El hecho de que difundiéramos esas declaraciones oficiales, dijo, le causó “sorpresa”. Fuimos nosotros, pues, quienes montamos el escenario de una guerra de plomo que duró cinco horas. ¿Habría dicho lo mismo si por obra de algún milagro el operativo hubiese resultado exitoso? ¿Son responsables, también, los medios, del balance de más de 700 presos muertos durante apenas el año y medio que ha transcurrido de la gestión de la ministra, así como del hacinamiento, del retardo procesal, de los monstruosos niveles de impunidad que prevalecen; del sucio y próspero negocio que, capitalismo aparte, representa el ingreso de armas y drogas; la “fuga” de pranes, y la compra de privilegios en esos depósitos de humanos sin redención?

De manera que la revolución no cambia, sigue rodilla en tierra en su elogio a la mentira. Y cuando modifica su conducta es sólo para ajustar su vocación siniestra. Un ejemplo: hace algún tiempo, cuando desde la Gobernación se propuso cortar la comunicación por celulares a Uribana, puesto que, como está comprobado, los reos desde allí dirigen secuestros y atracos, esas mismas voces rechazaron de plano la idea, porque, adujeron, a los privados de libertad no se les debía vulnerar sus derechos humanos.

 

 

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